domingo, 12 de agosto de 2012
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Karl Marx, el filósofo del cambio
Karl Marx fue y es leído por muchos y también tuvo numerosos
discípulos. Ejerció una gran influencia en círculos académicos, y
resultó el promotor de un enorme movimiento de masas que dio un
giro a la historia. De familia judía, nacido enTréveris en 1818, se
ocupó fundamentalmente del estudio económico de la sociedad de su
época. En su juventud sintió atracción por los filósofos materialistas
griegos, como Epicuro y Democrito de Abdera, en quienes basó su
tesis de doctorado.Vivió gran parte de su vida ganándose el sustento
como periodista, tarea que desarrolló con talento. Sus crónicas son
atractivas y tienen ironía y un sentido despiadado del realismo.
Cuando uno lee libros como El 18 brumarío de Luis Bonaparte, o sus
artículos de aquellos días, siente toda la fuerza de un notable perio-
dista que hoy sería considerado de investigación.
El pensamiento de Marx se podría resumir en una frase. En una de sus
tesis sobre Ludwig Feuerbach, la número once, que es la que ha
llegado a ser más célebre, dice: «Los filósofos no han hecho más que
interpretar de diversos modos el mundo; de lo que ahora se trata es de
transformarlo». Quizá éste es el resumen de su impulso filosófico.
Marx no quiso simplemente conocer el mundo, sino cambiarlo,
aunque por supuesto sabía que no se puede transformar la realidad sin
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LA AVENTURA DE PENSAR
ABOGADO, HISTORIADOR Y ECONOMISTA
El padre de Karl Marx fue un próspero abogado judío de ideas
liberales. Cuando Prusia se anexionó la zona de Renania, puso en
vigor la reglamentación que prohibía a los judíos, entre otras cosas,
trabajar en la administración de justicia. Por lo tanto, para poder
continuar ejerciendo como hombre de leyes, en 1824 se convirtió al
evangelismo e hizo bautizar a su esposa e hijos. Hasta 1835, el joven
Karl cursó sus estudios en el Liceo Friedrich Wilhelm, en Tréveris, y
luego estudió derecho en las universidades de Bonn y Berlín. Como
era un muchacho muy inquieto y brillante, estudió también filosofía,
historia, historia del arte y literatura. En 1841 obtuvo el título de
doctor en filosofía en la Universidad de Jena. Sin embargo, decidió no
seguir la carrera académica y docente y dedicarse al periodismo.
Publicó así, en 1842, algunos artículos en diversos medios de la
izquierda hegeliana y pronto llegó a dirigir en Colonia un periódico
liberal auspiciado por industriales renanos. Por esa época conoció a
quien sería a partir de entonces su mejor amigo y su más incondicional
colaborador, Friedrich Engels.
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Al año siguiente, contrajo matrimonio con una amiga de la in-
fancia, Jenny von Westphalen. En esos años, además, redactó varios
ensayos, entre los que cabe señalar el titulado Sobre la cuestión
judía,y concluyó su Crítica de la filosofía del Estado de Hegel. Para
Marx, el Estado no era, como parecía ser para Hegel, la realización
racional de la libertad, sino la institucionalización de la explotación de
toda una clase, la de los trabajadores asalariados, que quedaba
marginada de la plena humanización. La contradicción entre
capitalistas y proletarios exigía su superación dialéctica. Hegel no veía
esto, según Marx, y así su filosofía terminaba legitimando el statu
quo. Sin embargo, no se trataba de rechazar a Hegel, sino de hacerle
asentar firmemente sus pies en la materialidad de lo real, utilizando
justamente la dialéctica, el principal descubrimiento hegeliano. Sólo
que en virtud de este giro ya no se estaba ante una dialéctica idealista,
sino materialista.
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KARLMARX
EL MATERIALISMO DE MARX
Los materialismos de la Antigüedad, el de un Demócrito, un
Epicuro, o de un Lucrecio, lo eran en un sentido estricto. Explicaban
que todo está hecho de átomos, que la realidad no tiene espíritu, sino
que todo es cuerpo. Pero no se introducían en el campo de lo histórico.
El materialismo de Marx parte, en efecto, de estos materialistas
clásicos de la Antigüedad, pero introduce la dimensión histórica. Lo
importante no es solamente que todo el mundo sea material, que todo
esté hecho de átomos y de cuerpos, es decir, que no haya espíritus
sobrenaturales. Pero esto no sólo se aplica a la naturaleza, sino que
además influye en la historia, porque también los pueblos y las
sociedades se desarrollan en función de mecanismos materiales. Así,
el mundo en el que vivimos está basado en condiciones materiales. Se-
gún Marx, normalmente ponemos por encima de la realidad a los
ideales, las grandes palabras, las virtudes, la justicia, los más elevados
sentimientos, y no nos damos cuenta de que son las condiciones ma-
teriales las que determinan realmente nuestras sociedades. Los seres
humanos nos desarrollamos de acuerdo con nuestras posibilidades
tecnológicas, y también en función de las desigualdades económicas.
Dicho de otro modo, la jerarquía que da el hecho de que unos posean
y los otros tengan que trabajar para los que poseen y para sus subsis-
tencias. Esas condiciones materiales surgen de lo que comemos y ne-
cesitamos en general para sobrevivir, así como de lo que producimos
tecnológicamente. Las condiciones materiales, además, son las que
determinan nuestras ideologías y las impresiones que tenemos del
mundo. Es esa base, esa infraestructura material la que explica, la que
da cuenta de nuestra visión de la realidad y se expresa a través de las
ideologías políticas y, en general, de todas las visiones ideológicas que
pretenden explicar lo real. Para Marx hay que dar la vuelta a las cosas
y decir, si queremos entender el mundo, que no debemos escuchar a
los ideólogos, y debemos tratar de comprender la materialidad de las
relaciones tecnológicas, económicas, en las que viven los pueblos.
Marx explica que la naturaleza de los hombres depende de con-
diciones materiales. Las instituciones e ideologías mediante las cua-
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LA AVENTURA DE PENSAR
les los hombres regulan sus relaciones, se comprenden a sí mismos y
entienden el mundo en el que viven están condicionadas por la base
económica de la sociedad. Por lo tanto, según Marx, los hombres sólo
podrán realizarse plenamente en una sociedad libre y racional. Ahora
bien, en la sociedad capitalista grandes sectores de la población son
relegados a condiciones inferiores de vida en nombre del principio de
la división del trabajo. Esto significa que, en términos hegelianos, la
sociedad capitalista carece de realidad racional. Entendiendo esa
realidad es como vemos la verdad de la sociedad, que no está en su
ideología o en su discurso, a veces autocomplaciente, que tiene sobre
sí misma, sino en sus relaciones económicas y sociales. Ése fue el
gran giro que promovió el pensamiento de Marx.
VIDA DE PERIODISTA
En 1844, Marx se instaló con su esposa en París, donde intentó
vivir de sus colaboraciones periodísticas para diversos periódicos y
revistas. Comenzó a estudiar a fondo a los economistas clásicos
ingleses y entró en contacto con la llamada Liga de los Justos, una
sociedad comunista secreta, así como con diferentes uniones obreras.
Marx encontró una gran afinidad entre sus propias opiniones y las
doctrinas de los comunistas, que cuestionaban radicalmente el sistema
capitalista y proponían la propiedad común de los medios de
producción. En esos años escribió sus Manuscritos económico-
filosóficos, que permanecerían inéditos durante casi noventa años. En
ese texto, Marx denunció la naturaleza alienada del trabajo bajo el
capitalismo, contrastándola con la idea de una sociedad posible en la
que los hombres pudieran desarrollarse libremente en un marco de
producción cooperativa. Se relacionó también con los anarquistas y
escribió, junto con Engels, un libro que fue publicado en 1845 y que
cuestionaba el mundo académico alemán de esa época. La sagrada
familia fue el nombre —obviamente irónico— con el que ambos
autores aludían a los más prestigiosos profesores académicos
alemanes, con Bruno Baúer
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a la cabeza. Luego colaboró en un
semanario escrito en ale-
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KARL MARX
man, de tendencia claramente antiprusiana, que se publicaba en París.
Cuando el gobierno de Prusia, molesto ante las críticas de que era
objeto, solicitó al Ministerio del Interior francés que tomara medidas
para acabar con esa publicación, todos los columnistas y periodistas
del semanario vieron sus visados revocados. Entre ellos, Marx.
Expulsado de Francia, se dirigió a Bruselas. Redactó allí sus famosas
Tesis sobre Feuerbach y La ideología alemana, libro que fue
conocido después de su muerte.
EL MANIFIESTO COMUNISTA
En 1847, Marx dio a conocer su Miseria de la filosofía, obra en la
que respondía polémicamente a la Filosofa de la miseria del
anarquista Pierre-Joseph Proudhon. Los anarquistas rechazaban toda
forma de propiedad y de Estado, así como cualquier alineamiento
político. Marx criticaba el régimen de propiedad burguesa y pretendía
reemplazarlo por uno comunista. Para ello aceptaba organizar un
partido proletario que se planteara la acción política con la finalidad de
apropiarse del Estado. Para Proudhon, estas estrategias sólo podían
reproducir los sistemas represivos.
Ese mismo año, Marx fundó, junto con Engels, la Sociedad de
Obreros Alemanes de Bruselas, fue elegido vicepresidente de la lla-
mada Acción Democrática, y poco después participó en el Segundo
Congreso de la Liga de Comunistas, celebrado en Londres. Entonces
se le encargó redactar, junto con Engels, un manifiesto. Ese texto, co-
nocido como El manifiesto comunista, fue publicado en febrero de
1848. En él, Marx y Engels plantearon que la historia de las socieda-
des es siempre la historia de las luchas de clases. Este principio fue la
base de lo que luego se llamaría el materialismo histórico.
El manifiesto comunista es uno de los textos más célebres de la fi-
losofía y uno de los más extraordinarios elementos subversivos de to-
dos los tiempos. Un verdadero evangelio de la nueva clase. Dicen
Marx y Engels en El manifiesto: «Las particularidades y los contrastes
nacionales de los pueblos se borran más y más al mismo tiempo que
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LA AVENTURA DE PENSAR
se desarrollan la burguesía, la libertad de comercio, el mercado mundial,
la uniformidad de la producción industrial y las condiciones de vida
resultantes. Cuando el proletariado llegue al poder, las hará desaparecer
más radicalmente todavía. Una de las primeras condiciones de su
emancipación es la acción unificada, por lo menos la de los trabajadores
de los países civilizados. En la medida en que se suprima la explotación
del hombre por el hombre, se suprimirá la explotación de una nación por
otra nación».
LA LUCHA DE CLASES
En 1849, Marx publicó Trabajo asalariado y capital, y también
un artículo sobre la historia del Imperio prusiano que tuvo como
consecuencia su inmediata expulsión del territorio alemán, donde
había vuelto a residir. Marx se instaló entonces con su familia en
Londres. Por su condición de inmigrante irregular, no podía acceder a
un trabajo estable y su única posibilidad de subsistencia consistía en
escribir artículos para diversos periódicos. Si bien tuvo algún éxito en
ese campo, se trataba de un trabajo bastante mal pagado y la situación
económica de la familia Marx se convirtió en insostenible. Tres de sus
hijos fallecieron en esos años, y la salud de su esposa y la suya propia
se deterioraron irreversiblemente. En realidad, sólo pudo sobrevivir
gracias a las ocasionales ayudas económicas de Engels. Sin embargo,
Marx no dejó de estudiar y producir. Entre otras cosas, mejoró su
dominio del inglés y el francés, y aprendió español y ruso. Todos los
días iba a la Biblioteca del Museo Británico y allí leía y escribía. En
1850 publicó Las luchas de clases en Francia, y en 1852, El 18
bmmario de Luis Bonaparte. También por entonces concibió el pro-
yecto de elaborar una crítica de la economía política clásica. Debido a
sus problemas financieros, familiares y de salud, el trabajo fue mucho
más lento de lo que en principio había previsto. En 1859 publicó,
como primera parte del trabajo proyectado, su Contribución a la
crítica de la economía política, obra que tuvo muy buena acogida, en
la que Marx expone que el estadio histórico que denominamos capi-
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KARL MARX
talismo debe ser superado en virtud de su radical irracionalidad. Claro
que dicha irracionalidad aún debía ser probada con claridad. A ello se
dedicaría la continuación de este texto, un estudio pormenorizado
sobre el capital.
LA PLUSVALÍA
La fuerza de la obra de Marx reside en que se centra en un tema
económico. Piensa que los seres humanos estamos obligados a trabajar
para reproducir nuestras sociedades, para obtener nuestros alimentos,
cobijo, la protección que necesitamos y, en definitiva, para desarrollar
nuestra vida en común. Los individuos estamos alienados porque la
mayoría de nosotros no somos verdaderamente dueños de lo que
hacemos y de nuestro trabajo. ¿Por qué? La respuesta es que hay una
distribución socialmente injusta, un mundo de poseedores del capital
—de la masa fundamental económica de una sociedad— que facilitan
y aportan el dinero para la producción, para la maquinaria, etcétera, en
la que van a trabajar el resto de los miembros de la comunidad. Los
poseedores del capital (que, por tener el capital, poseen los medios de
producción) obtienen ese producto, pero además una parte excedente
de lo que producen esos trabajadores, una plusvalía, que en lugar de ir
a los trabajadores mismos va a los dueños de los medios de
producción. Ésa es la base de la economía burguesa. El dueño del
capital obtiene lo que ha invertido en el trabajo por costear el trabajo
de los demás, pero también una plusvalía, una renta excedente que le
permite ir acumulando cada vez más, mientras que los trabajadores
nunca llegan a ser dueños plenamente de lo que están haciendo.
Según Marx, la riqueza no es producida por el capital, sino por el
trabajo humano. Lo que origina la ganancia capitalista no es otra cosa
que la explotación de los obreros.Y esta explotación se produce
siempre, sin importar que los sueldos sean más altos o más bajos. Lo
original del enfoque radica en la aplicación del método dialéctico a la
economía política. Allí donde los economistas clásicos ven re-
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LA AVENTURA DE PENSAR
laciones entre mercancías, Marx descubre relaciones sociales, es decir,
entre personas. El mismo valor de cambio de las diversas mercancías
deriva del tiempo de trabajo social necesario para producirlas. El uso del
dinero y la cuantificación del valor de los artículos sugieren lo que Marx
llama fetichismo de la mercancía, que consiste en adjudicar a las cosas
valores como si fuesen sus propiedades naturales, olvidando que toda
valorización se resuelve en las mutuas relaciones de los seres
humanos como productores y permutantes de bienes.
Esa falsa conciencia que no ve más que relaciones entre cosas
encuentra su particular expresión en la cosificación y venta de la
fuerza de trabajo. En este simple hecho de considerar la fuerza de
trabajo como una mercancía entre otras, que puede ser comprada y
vendida en el mercado, consiste precisamente la explotación capita-
lista. Al vender su fuerza de trabajo, el asalariado recibe a cambio una
cantidad de dinero igual al coste de su subsistencia y de otras nece-
sidades, que pueden variar históricamente. El propietario de los me-
dios de producción paga esa suma y adquiere el derecho de utilizar la
fuerza de trabajo del obrero, apropiándose del excedente del valor
creado. Si la mitad de la jornada de trabajo corresponde al valor de los
productos necesarios para reproducir la fuerza de trabajo, la otra mitad
es trabajo no remunerado que se apropia el empresario. Marx muestra
que la producción de la plusvalía en el capitalismo sólo es apropiación
de trabajo no pagado. Ese trabajo excedente no pagado se va
acumulando una y otra vez por la clase capitalista de forma expansiva.
De hecho, el capitalismo puede ser definido como un sistema en el
que el único objeto de la producción es aumentar sin límite tal
acumulación de capital. Aquí se encuentra precisamente la esencial
irracionalidad del sistema capitalista que Marx revela.
MARX Y LOS DERECHOS HUMANOS
Según Marx, los llamados derechos del hombre —con sus
reivindicaciones de libertad, igualdad, participación en el poder
político, et-
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KARL MARX
cétera— no son verdaderamente sino derechos del burgués, dueño ya
de un Estado destinado a garantizar sus privilegios y deseoso ahora de
eternizar en un código inmutable los principios del librecambio. En la
sociedad burguesa, todos los hombres pierden sus perfiles sometidos a
la abstracción igualadora del dinero, pero no alcanzan la auténtica
realización de su ser genérico, sino que sencillamente se pliegan a las
exigencias del sistema capitalista. Lo que se presenta como un ideal
político inspirado por lo más noble de la naturaleza humana no es, en
el mejor de los casos, más que el repertorio de piadosos deseos y
buenas intenciones imposibles de cumplir en el Estado vigente o un
enmascaramiento sublimado de la situación real. Tal como lo explica
Carlos Eymar en su libro Karl Marx, crítico de los derechos humanos:
«La esfera de circulación o del intercambio de mercancías, dentro de
cuyos límites se mueve la compraventa de la fuerza del trabajo, era en
realidad el verdadero Edén de los derechos innatos del hombre. Lo
único que allí impera es libertad, igualdad, y propiedad. ¡Libertad!,
pues el comprador y el vendedor de una mercancía, por ejemplo, la
fuerza del trabajo, no están determinados más que por su Ubre
voluntad. Contratan como personas libres, jurídicamente iguales. El
contrato es el resultado final en el que sus voluntades se dan una
expresión jurídica común. ¡Igualdad!, pues sólo se relacionan entre
ellos como propietarios de mercancías, e intercambian equivalente por
equivalente. ¡Propiedad!, pues cada uno de los dos se interesa
exclusivamente por sí mismo. La única fuerza que los une y los pone
en relación es la de su egoísmo, su ventaja particular, sus intereses
privados».
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EL CAPITAL, SU OBRA CUMBRE
El estudio sobre el capital, proyectado por Marx como
continuación de su Contribución a la crítica de la economía política,
publicada en 1859, se fue demorando por diferentes motivos. Por un
lado, Marx dedicó varios años a redactar un voluminoso análisis sobre
las diferentes teorías de la plusvalía. Por otro lado, en 1864 fue
elegido para formar
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LA AVENTURA DE PENSAR
parte del Consejo General de la Asociación Internacional de los Tra-
bajadores, o, como luego se llamó, la Primera Internacional. Esta ac-
tividad le supuso enormes esfuerzos. De hecho, Marx fue el autor de
casi todos los documentos elaborados por ese organismo. Se opuso allí
a los anarquistas, sosteniendo la necesidad de que los obreros
adoptasen formas efectivas de acción, sin excluir la constitución de un
partido político. Finalmente, en 1867, bajo el título de El capital -
Crítica de la economía política. Libro primero, Marx publicó su
demorado análisis del proceso de producción capitalista. El texto tuvo
un éxito inmediato y arrollador, y pronto fue traducido a diferentes
idiomas.
A partir de 1869, Engels pudo asegurar a Marx una renta anual
fija para que pudiera despreocuparse del dinero. No obstante, su pre-
caria salud y las muertes de su esposa y su hija mayor ensombrecieron
sus últimos años. Falleció en Londres el 14 de marzo de 1883. Poco
antes, refiriéndose a quienes pretendían hablar en su nombre y
representar su pensamiento, como si éste fuese algo fijo y acabado,
había declarado a Engels: «Yo, desde luego, no soy marxista».
Los dos volúmenes siguientes de El capital habían sido terminados
por Marx en los años inmediatamente siguientes a la aparición del
primero, pero, sin embargo, siguió corrigiéndolos hasta su muerte.
Sería luego Engels quien los revisaría y publicaría postumamente. El
Libro segundo apareció en 1885 y el Libro tercero, en 1894.
TEOKÍA DE LA PRAXIS
Ya hace algunos años le decía a mi hijo Amador, en el libro
dedicado a la política, que los que siguieron el pensamiento de Marx
propusieron que el proletariado se convirtiera por la vía revolucionaria
de la guerra civil en la clase dominante, aboliera la propiedad capita-
lista e instaurara una economía comunista, en que la única dirección
estatal se encargase de planificar la producción y fijar las retribucio-
nes. En los países en los que se puso en práctica esa doctrina —em-
pezando por Rusia—, el resultado no pudo ser peor. El Estado cre-
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KARL MARX
ció hasta convertirse en un superempresario capitalista de la especie
más tiránica, pero además sumamente ineficaz. En la Unión Soviética,
las libertades civiles que habían aportado las revoluciones burguesas
del siglo xvm se perdieron, pero la desigualdad continuó, más aguda
que nunca, porque era desigualdad de poder político. Antes un
trabajador podía ser despedido por un empresario intolerante pero
encontrar empleo con otro de la competencia. En el comunismo
autoritario todo el que no se somete al único patrón vigente sufre no
sólo el desempleo sino la cárcel o la eliminación física. La nueva clase
dirigente, el partido comunista, gozaba —goza aún, donde puede— de
todos los privilegios en países empobrecidos, uniformizados y
sometidos a un lavado de cerebro constante por los dictadores
ideológicos del sistema...
Sin embargo, no quiero dejar de mencionarte, le decía a Amador,
los aspectos positivos que tuvo el pensamiento marxista y el mo-
vimiento comunista en los países desarrollados europeos. Sirvió para
forzar una serie de reformas imprescindibles que humanizaron so-
cialmente el capitalismo, lo dignificaron políticamente y hasta lo hi-
cieron más eficaz como sistema productivo. En el Manifiesto comunis-
ta se encuentran, entre exabruptos mesiánicos menos aprovechables,
reivindicaciones sensatísimas para su época. La propiedad pública de
ferrocarriles y comunicaciones, el impuesto progresivo sobre la renta,
la abolición del trabajo infantil, la enseñanza gratuita y el pleno
empleo. Son objetivos en muchos casos hoy ya conseguidos o que si-
guen vigentes, pero ahora no como propuestas subversivas sino como
exigencias moderadas y razonables.
MARX COMO FUERZA HISTÓRICA
Evidentemente, no es un secreto el impacto que ha tenido la obra de
Marx en la historia. El marxismo no es simplemente una filosofía, sino a
la vez una fuerza social transformadora. Algunas veces también fue, y es
una coartada para movimientos totalitarios, autocráticos que con un
revestimiento ideológico proporcionado por Marx lo
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LA AVENTURA DE PENSAR
que han descubierto e inventado son nuevas
tiranías burocráticas sobre
los pueblos. De cualquier manera, pocos
individuos han tenido una
influencia personal tan extraordinaria como
Marx en la historia. Y si
nos referimos exclusivamente a la historia
contemporánea yo creo que
ninguna otra figura puede comparársele. Su obra
ha sido discutida por
los economistas, así como por las repercusiones
prácticas que tuvo en
algunos países, donde ha habido desajustes
fundamentales. Marx
estaba convencido de que la verdadera
revolución sólo podía darse en
los países burgueses desarrollados y él
esperaba que ocurriera en
Inglaterra o en Alemania. Pero se desarrolló en la
atrasadísima Rusia,
donde no existía burguesía, sino un
campesinado gobernado por
aristócratas. Su obra se discutió y se discute
desde el punto de vista
teórico económico, y desde los efectos
históricos que han tenido en
algunos países y obviamente sobre la pérdida de
libertadas e incluso el
atraso en ocasiones de algunas sociedades que han querido seguir la
ortodoxia. Son las condiciones materiales
las que forman las
sociedades. Mientras el mundo esté dividido
entre poseedores y
desposeídos, entre los que pueden aprovecharse
de la necesidad ajena
y los que no tienen más remedio que hacer lo
que les manden si
quieren sobrevivir, mientras haya ese
planteamiento que no viene de
los cielos, sino que surge de la organización
de la sociedad, no se
puede decir que haya auténtica libertad. El
reto que plantea el
pensamiento niarxista, más allá de que sus
revoluciones sean mejores
o peores, sigue vigente hoy, un problema aún no
resuelto por nosotros
las personas, los ciudadanos del mundo.
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