domingo, 12 de agosto de 2012


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Karl Marx, el filósofo del cambio




Karl  Marx  fue  y  es  leído  por  muchos  y  también  tuvo  numerosos
discípulos.  Ejerció  una  gran  influencia  en  círculos  académicos,  y
resultó  el  promotor  de  un  enorme  movimiento  de  masas  que  dio  un
giro  a  la  historia.  De  familia  judía,  nacido  enTréveris  en  1818,  se
ocupó  fundamentalmente  del  estudio  económico  de  la  sociedad  de  su
época.  En  su  juventud  sintió  atracción  por  los  filósofos  materialistas
griegos,  como  Epicuro  y  Democrito  de  Abdera,  en  quienes  basó  su
tesis  de  doctorado.Vivió  gran  parte  de  su  vida  ganándose  el  sustento
como  periodista,  tarea  que  desarrolló  con  talento.  Sus  crónicas  son
atractivas  y  tienen  ironía  y  un  sentido  despiadado  del  realismo.
Cuando uno lee libros como El 18 brumarío de Luis Bonaparte, o sus
artículos  de  aquellos  días,  siente  toda  la fuerza  de  un  notable  perio-
dista que hoy sería considerado de investigación.
El pensamiento de Marx se podría resumir en una frase. En una de sus
tesis  sobre  Ludwig  Feuerbach,  la  número  once,  que  es  la  que  ha
llegado a ser más célebre, dice: «Los filósofos no han hecho más que
interpretar de diversos modos el mundo; de lo que ahora se trata es de
transformarlo».  Quizá  éste  es  el  resumen  de  su  impulso  filosófico.
Marx  no  quiso  simplemente  conocer  el  mundo,  sino  cambiarlo,
aunque  por  supuesto  sabía  que  no  se  puede  transformar  la  realidad  sin

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LA AVENTURA DE PENSAR

ABOGADO, HISTORIADOR Y ECONOMISTA

El padre de Karl Marx fue un próspero abogado judío de ideas
liberales.  Cuando  Prusia  se  anexionó  la  zona  de  Renania,  puso  en
vigor  la  reglamentación  que  prohibía  a  los  judíos,  entre  otras  cosas,
trabajar en la administración de justicia.  Por lo tanto,  para  poder
continuar  ejerciendo  como  hombre  de  leyes,  en  1824  se  convirtió  al
evangelismo e hizo bautizar a su esposa e hijos. Hasta 1835, el joven
Karl cursó sus estudios en el Liceo  Friedrich Wilhelm, en  Tréveris,  y
luego  estudió  derecho  en  las  universidades  de  Bonn  y  Berlín.  Como
era  un  muchacho  muy  inquieto  y  brillante,  estudió  también  filosofía,
historia, historia del arte y literatura. En 1841 obtuvo el título de
doctor  en  filosofía  en  la  Universidad  de  Jena.  Sin  embargo,  decidió  no
seguir  la  carrera  académica  y  docente  y  dedicarse  al  periodismo.
Publicó  así,  en  1842,  algunos  artículos  en  diversos  medios  de  la
izquierda hegeliana y pronto llegó a dirigir en Colonia un periódico
liberal  auspiciado  por  industriales  renanos.  Por  esa  época  conoció  a
quien  sería  a  partir  de  entonces  su  mejor  amigo  y  su  más  incondicional
colaborador, Friedrich Engels.
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Al  año  siguiente,  contrajo  matrimonio  con  una  amiga  de  la  in-
fancia,  Jenny  von  Westphalen.  En  esos  años,  además,  redactó  varios
ensayos,  entre  los  que  cabe  señalar  el  titulado  Sobre  la  cuestión
judía,y  concluyó  su  Crítica  de  la  filosofía  del  Estado  de  Hegel.  Para
Marx,  el  Estado  no  era,  como  parecía  ser  para  Hegel,  la  realización
racional de  la  libertad,  sino  la  institucionalización de  la  explotación  de
toda  una  clase,  la  de  los  trabajadores  asalariados,  que  quedaba
marginada   de   la   plena   humanización.   La   contradicción   entre
capitalistas  y  proletarios  exigía su  superación  dialéctica.  Hegel no  veía
esto,  según  Marx,  y  así  su  filosofía  terminaba  legitimando  el  statu
quo.  Sin embargo, no se  trataba de rechazar a Hegel, sino  de hacerle
asentar  firmemente  sus  pies  en  la  materialidad  de  lo  real,  utilizando
justamente  la  dialéctica,  el  principal  descubrimiento  hegeliano.  Sólo
que en virtud de este giro ya no se estaba ante una dialéctica idealista,
sino materialista.  

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KARLMARX

EL MATERIALISMO DE MARX
Los  materialismos  de  la  Antigüedad,  el  de  un  Demócrito,  un
Epicuro,  o de un  Lucrecio, lo eran en un sentido estricto. Explicaban
que todo está hecho de átomos, que la realidad no tiene espíritu, sino
que todo es cuerpo. Pero no se introducían en el campo de lo histórico.
El  materialismo  de  Marx  parte,  en  efecto,  de  estos  materialistas
clásicos  de  la  Antigüedad,  pero  introduce  la  dimensión  histórica.  Lo
importante  no  es  solamente  que  todo  el  mundo  sea  material,  que  todo
esté hecho de átomos y de cuerpos, es decir, que no haya espíritus
sobrenaturales.  Pero  esto  no  sólo  se  aplica  a  la  naturaleza,  sino  que
además  influye en  la historia, porque también  los pueblos y las
sociedades  se  desarrollan  en  función  de  mecanismos  materiales.  Así,
el  mundo  en  el  que  vivimos  está  basado  en  condiciones  materiales.  Se-
gún  Marx,  normalmente  ponemos  por  encima  de  la  realidad  a  los
ideales,  las  grandes  palabras,  las  virtudes,  la  justicia,  los  más  elevados
sentimientos,  y  no  nos damos cuenta de  que  son las condiciones  ma-
teriales  las  que  determinan  realmente  nuestras  sociedades.  Los  seres
humanos  nos  desarrollamos  de  acuerdo  con  nuestras  posibilidades
tecnológicas,  y  también  en  función  de  las  desigualdades  económicas.
Dicho de otro modo, la jerarquía que da el hecho de que unos posean
y los otros tengan que trabajar para los que poseen y para sus subsis-
tencias.  Esas  condiciones  materiales  surgen  de  lo  que  comemos  y  ne-
cesitamos  en  general  para  sobrevivir,  así  como  de  lo  que  producimos
tecnológicamente.  Las  condiciones  materiales,  además,  son  las  que
determinan  nuestras  ideologías  y  las  impresiones  que  tenemos  del
mundo. Es esa base, esa infraestructura material la que explica, la que
da cuenta de nuestra visión de la realidad y se expresa a través de las
ideologías  políticas  y,  en  general,  de  todas  las  visiones  ideológicas  que
pretenden explicar lo real. Para Marx hay que dar la vuelta a las cosas
y  decir,  si  queremos  entender  el  mundo,  que  no  debemos  escuchar  a
los  ideólogos,  y  debemos  tratar  de  comprender  la  materialidad  de  las
relaciones tecnológicas, económicas, en las que viven los pueblos.
Marx  explica  que  la  naturaleza  de  los  hombres  depende  de  con-
diciones materiales. Las instituciones e ideologías mediante las cua-

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LA AVENTURA DE PENSAR
les  los  hombres  regulan  sus  relaciones,  se  comprenden  a  sí mismos  y
entienden  el  mundo  en  el  que  viven  están  condicionadas  por  la  base
económica  de  la  sociedad.  Por  lo  tanto,  según  Marx,  los  hombres  sólo
podrán  realizarse  plenamente  en  una  sociedad  libre  y  racional.  Ahora
bien,  en  la  sociedad  capitalista  grandes  sectores  de  la  población  son
relegados  a  condiciones  inferiores  de  vida  en  nombre  del  principio  de
la  división del  trabajo.  Esto  significa  que, en  términos  hegelianos,  la
sociedad  capitalista  carece  de  realidad  racional.  Entendiendo  esa
realidad es como  vemos la  verdad de la sociedad, que no está en su
ideología  o  en  su  discurso,  a  veces  autocomplaciente,  que  tiene  sobre
sí  misma, sino en sus  relaciones económicas  y sociales.  Ése  fue el
gran giro que promovió el pensamiento de Marx.


VIDA DE PERIODISTA

En  1844,  Marx  se  instaló  con  su  esposa  en  París,  donde  intentó
vivir  de  sus  colaboraciones  periodísticas  para  diversos  periódicos  y
revistas.  Comenzó  a  estudiar  a  fondo  a  los  economistas  clásicos
ingleses  y  entró  en  contacto  con  la  llamada  Liga  de  los  Justos,  una
sociedad  comunista  secreta,  así  como  con  diferentes  uniones  obreras.
Marx  encontró  una  gran  afinidad  entre  sus  propias  opiniones  y  las
doctrinas  de  los  comunistas,  que  cuestionaban  radicalmente  el  sistema
capitalista  y  proponían  la  propiedad  común  de  los  medios  de
producción.    En    esos    años    escribió    sus    Manuscritos    económico-
filosóficos,  que  permanecerían  inéditos  durante  casi  noventa  años.  En
ese  texto,  Marx  denunció  la  naturaleza  alienada  del  trabajo  bajo  el
capitalismo,  contrastándola  con  la  idea  de  una  sociedad  posible  en  la
que  los  hombres  pudieran  desarrollarse  libremente  en  un  marco  de
producción  cooperativa.  Se  relacionó  también  con  los  anarquistas  y
escribió,  junto  con  Engels,  un  libro  que  fue  publicado  en  1845  y  que
cuestionaba  el  mundo  académico  alemán  de  esa  época.  La  sagrada
familia  fue  el  nombre  —obviamente  irónico—  con  el  que  ambos
autores   aludían  a   los     más   prestigiosos   profesores   académicos
alemanes,  con  Bruno  Baúer
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  a  la  cabeza.  Luego  colaboró  en  un
semanario escrito en ale-

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KARL MARX
man,  de  tendencia  claramente  antiprusiana,  que  se  publicaba  en  París.
Cuando el  gobierno  de  Prusia,  molesto ante  las críticas  de  que  era
objeto,  solicitó  al  Ministerio  del  Interior  francés  que  tomara  medidas
para  acabar  con  esa  publicación,  todos  los  columnistas  y  periodistas
del  semanario  vieron  sus  visados  revocados.  Entre  ellos,  Marx.
Expulsado  de  Francia,  se  dirigió  a  Bruselas.  Redactó  allí  sus  famosas
Tesis  sobre  Feuerbach  y  La  ideología  alemana,  libro  que  fue
conocido después de su muerte.


EL MANIFIESTO COMUNISTA
En 1847, Marx dio a  conocer  su Miseria de  la filosofía, obra en la
que  respondía  polémicamente  a  la  Filosofa  de  la  miseria  del
anarquista  Pierre-Joseph  Proudhon.  Los  anarquistas  rechazaban  toda
forma  de  propiedad  y  de  Estado,  así  como  cualquier  alineamiento
político.  Marx  criticaba  el  régimen  de  propiedad  burguesa  y  pretendía
reemplazarlo  por  uno  comunista.  Para  ello  aceptaba  organizar  un
partido proletario que se planteara la acción política con la finalidad de
apropiarse  del  Estado.  Para  Proudhon,  estas  estrategias  sólo  podían
reproducir los sistemas represivos.
Ese  mismo  año,  Marx  fundó,  junto  con  Engels,  la  Sociedad  de
Obreros  Alemanes  de  Bruselas,  fue  elegido  vicepresidente  de  la  lla-
mada  Acción  Democrática,  y  poco  después  participó  en  el  Segundo
Congreso  de  la  Liga  de  Comunistas,  celebrado  en  Londres.  Entonces
se le encargó redactar, junto con Engels, un manifiesto. Ese texto, co-
nocido  como  El  manifiesto  comunista,  fue  publicado  en  febrero  de
1848. En él, Marx y Engels plantearon que la historia de las socieda-
des es siempre la historia de las luchas de clases. Este principio fue la
base de lo que luego se llamaría el materialismo histórico.
El  manifiesto  comunista  es uno de  los textos más célebres de  la fi-
losofía  y  uno  de  los  más  extraordinarios  elementos  subversivos  de  to-
dos  los  tiempos.  Un  verdadero  evangelio  de  la  nueva  clase.  Dicen
Marx  y  Engels  en  El  manifiesto:  «Las  particularidades  y  los  contrastes
nacionales de los pueblos se borran más y más al mismo tiempo que  

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LA AVENTURA DE PENSAR
se desarrollan la burguesía, la libertad de comercio, el mercado mundial,
la  uniformidad  de  la  producción  industrial  y  las  condiciones  de  vida
resultantes. Cuando el proletariado llegue al poder, las hará desaparecer
más  radicalmente  todavía.  Una  de  las  primeras  condiciones  de  su
emancipación es la acción unificada, por lo menos la de los trabajadores
de los países civilizados. En la medida en que se suprima la explotación
del hombre por el hombre, se suprimirá la explotación de una nación por
otra nación».


LA LUCHA DE CLASES
En  1849,  Marx  publicó  Trabajo  asalariado  y  capital,  y  también
un  artículo  sobre  la  historia  del  Imperio  prusiano  que  tuvo  como
consecuencia  su  inmediata  expulsión  del  territorio  alemán,  donde
había  vuelto  a  residir.  Marx  se  instaló  entonces  con  su  familia  en
Londres.  Por  su  condición  de  inmigrante  irregular,  no  podía  acceder  a
un  trabajo  estable  y  su  única  posibilidad  de  subsistencia  consistía  en
escribir artículos para diversos periódicos. Si bien tuvo algún éxito en
ese  campo, se  trataba  de un  trabajo  bastante  mal pagado  y la  situación
económica  de  la  familia  Marx  se  convirtió  en  insostenible.  Tres  de  sus
hijos fallecieron en esos años, y la salud de su esposa y la suya propia
se  deterioraron  irreversiblemente.  En  realidad,  sólo  pudo  sobrevivir
gracias  a  las  ocasionales  ayudas  económicas  de  Engels.  Sin  embargo,
Marx  no  dejó  de  estudiar  y  producir.  Entre  otras cosas,  mejoró  su
dominio del inglés  y el francés,  y aprendió español  y ruso.  Todos los
días iba a la Biblioteca del Museo Británico y allí leía y escribía. En
1850 publicó Las luchas de clases en Francia, y en 1852, El 18
bmmario  de  Luis  Bonaparte.  También  por  entonces  concibió  el  pro-
yecto  de  elaborar  una  crítica  de  la  economía  política  clásica.  Debido  a
sus  problemas  financieros,  familiares  y  de  salud,  el  trabajo  fue  mucho
más lento  de  lo  que  en  principio  había  previsto.  En  1859  publicó,
como  primera  parte  del  trabajo  proyectado,  su  Contribución  a  la
crítica  de  la economía  política,  obra  que  tuvo  muy  buena  acogida,  en
la que Marx expone que el estadio histórico que denominamos capi-

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KARL MARX
talismo  debe  ser  superado  en  virtud  de  su  radical  irracionalidad.  Claro
que  dicha  irracionalidad  aún  debía  ser  probada  con  claridad.  A  ello  se
dedicaría  la  continuación  de  este  texto,  un  estudio  pormenorizado
sobre el capital.


LA PLUSVALÍA
La  fuerza  de  la  obra  de  Marx  reside  en  que  se  centra  en  un  tema
económico.  Piensa  que  los  seres  humanos  estamos  obligados  a  trabajar
para  reproducir  nuestras  sociedades,  para  obtener  nuestros  alimentos,
cobijo,  la  protección  que  necesitamos  y,  en  definitiva,  para  desarrollar
nuestra  vida  en  común.  Los  individuos  estamos  alienados  porque  la
mayoría  de  nosotros  no  somos  verdaderamente  dueños  de  lo  que
hacemos  y  de  nuestro  trabajo.  ¿Por  qué?  La  respuesta  es  que  hay  una
distribución  socialmente  injusta,  un  mundo  de  poseedores  del  capital
—de  la  masa  fundamental  económica  de  una  sociedad—  que  facilitan
y  aportan  el  dinero  para  la  producción,  para  la  maquinaria,  etcétera,  en
la  que  van  a  trabajar  el  resto  de  los  miembros  de  la  comunidad.  Los
poseedores  del  capital  (que,  por  tener  el  capital,  poseen  los  medios  de
producción)  obtienen  ese  producto,  pero  además  una  parte  excedente
de  lo  que  producen  esos  trabajadores,  una  plusvalía,  que  en  lugar  de  ir
a  los  trabajadores  mismos  va  a  los  dueños  de  los  medios  de
producción.  Ésa  es  la  base  de  la  economía  burguesa.  El  dueño  del
capital  obtiene  lo  que  ha  invertido  en  el  trabajo  por  costear  el  trabajo
de  los  demás,  pero  también  una  plusvalía,  una  renta  excedente  que  le
permite  ir  acumulando  cada  vez  más,  mientras  que  los  trabajadores
nunca llegan a ser dueños plenamente de lo que están haciendo.
Según  Marx,  la  riqueza  no  es  producida  por  el  capital,  sino  por  el
trabajo  humano.  Lo  que  origina  la  ganancia  capitalista  no  es  otra  cosa
que  la  explotación  de  los  obreros.Y  esta  explotación  se  produce
siempre,  sin  importar  que  los  sueldos  sean  más  altos  o  más  bajos.  Lo
original  del  enfoque  radica  en  la  aplicación  del  método  dialéctico  a  la
economía política. Allí donde los economistas clásicos ven re-

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LA AVENTURA DE PENSAR
laciones  entre  mercancías,  Marx  descubre  relaciones  sociales,  es  decir,
entre  personas.  El  mismo  valor  de  cambio  de  las  diversas  mercancías
deriva del tiempo de trabajo social necesario para producirlas. El uso del
dinero y la cuantificación del valor de los artículos sugieren lo que Marx
llama  fetichismo  de  la  mercancía,  que  consiste  en  adjudicar  a  las  cosas
valores  como  si  fuesen  sus  propiedades  naturales,  olvidando  que  toda
valorización  se  resuelve  en  las  mutuas  relaciones  de  los  seres
humanos como productores y permutantes de bienes.
Esa  falsa  conciencia  que  no  ve  más  que  relaciones  entre  cosas
encuentra  su  particular  expresión  en  la  cosificación  y  venta  de  la
fuerza  de  trabajo.  En  este  simple  hecho  de  considerar  la  fuerza  de
trabajo  como  una  mercancía  entre  otras,  que  puede  ser  comprada  y
vendida  en  el  mercado,  consiste  precisamente  la  explotación  capita-
lista. Al vender su fuerza de trabajo, el asalariado recibe a cambio una
cantidad  de  dinero  igual al coste  de su  subsistencia  y  de  otras  nece-
sidades,  que  pueden  variar  históricamente.  El  propietario  de  los  me-
dios  de  producción  paga  esa  suma  y  adquiere  el  derecho  de  utilizar  la
fuerza  de  trabajo  del  obrero,  apropiándose  del  excedente  del  valor
creado. Si la mitad de la  jornada de trabajo corresponde al valor de los
productos necesarios para reproducir  la fuerza de  trabajo, la  otra  mitad
es  trabajo  no  remunerado  que  se  apropia  el  empresario.  Marx  muestra
que la producción de la plusvalía en el capitalismo sólo es apropiación
de  trabajo  no  pagado.  Ese  trabajo  excedente  no  pagado  se  va
acumulando  una  y  otra  vez  por  la  clase  capitalista  de  forma  expansiva.
De hecho, el capitalismo puede ser definido como un sistema en el
que el único objeto  de la producción es aumentar sin límite  tal
acumulación  de  capital.  Aquí  se  encuentra  precisamente  la  esencial
irracionalidad del sistema capitalista que Marx revela.


MARX Y LOS DERECHOS HUMANOS
Según  Marx,  los  llamados  derechos  del  hombre   —con  sus
reivindicaciones  de  libertad,  igualdad,  participación  en  el  poder
político, et-

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KARL MARX
cétera—  no  son  verdaderamente  sino  derechos  del  burgués,  dueño  ya
de  un  Estado  destinado  a  garantizar  sus  privilegios  y  deseoso  ahora  de
eternizar  en  un  código  inmutable  los  principios  del  librecambio.  En  la
sociedad  burguesa,  todos  los  hombres  pierden  sus  perfiles  sometidos  a
la  abstracción  igualadora  del  dinero,  pero  no  alcanzan  la  auténtica
realización  de  su  ser  genérico,  sino  que  sencillamente  se  pliegan  a  las
exigencias  del  sistema  capitalista.  Lo  que  se  presenta  como  un  ideal
político  inspirado  por  lo  más  noble  de  la  naturaleza  humana  no  es,  en
el  mejor  de  los  casos,  más  que  el  repertorio  de  piadosos  deseos  y
buenas  intenciones  imposibles  de  cumplir  en  el  Estado  vigente  o  un
enmascaramiento  sublimado  de  la  situación  real.  Tal  como  lo  explica
Carlos  Eymar  en  su  libro  Karl  Marx,  crítico  de  los  derechos  humanos:
«La  esfera  de  circulación  o  del  intercambio  de  mercancías,  dentro  de
cuyos  límites  se  mueve  la  compraventa  de  la  fuerza  del  trabajo,  era  en
realidad  el  verdadero  Edén  de  los  derechos  innatos  del  hombre.  Lo
único  que  allí  impera  es  libertad,  igualdad,  y  propiedad.  ¡Libertad!,
pues  el  comprador  y  el  vendedor  de  una  mercancía,  por  ejemplo,  la
fuerza  del  trabajo,  no  están  determinados  más  que  por  su  Ubre
voluntad.  Contratan  como  personas  libres,  jurídicamente  iguales.  El
contrato  es  el  resultado  final  en  el  que  sus  voluntades  se  dan  una
expresión  jurídica  común.  ¡Igualdad!,  pues  sólo  se  relacionan  entre
ellos  como  propietarios  de  mercancías,  e  intercambian  equivalente  por
equivalente.  ¡Propiedad!,    pues    cada    uno    de    los    dos    se    interesa
exclusivamente  por  sí  mismo.  La  única  fuerza  que  los  une  y  los  pone
en  relación  es  la  de  su  egoísmo,  su  ventaja  particular,  sus  intereses
privados».
3


EL CAPITAL, SU OBRA CUMBRE

El   estudio   sobre   el   capital,   proyectado   por   Marx   como
continuación  de  su  Contribución  a  la  crítica  de  la  economía  política,
publicada  en  1859,  se  fue  demorando  por  diferentes  motivos.  Por  un
lado,  Marx  dedicó  varios  años  a  redactar  un  voluminoso  análisis  sobre
las diferentes teorías de la plusvalía. Por otro lado, en 1864 fue
elegido para formar  

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LA AVENTURA DE PENSAR
parte  del  Consejo  General  de  la  Asociación  Internacional  de  los  Tra-
bajadores,  o,  como  luego  se  llamó,  la  Primera  Internacional.  Esta  ac-
tividad  le supuso enormes esfuerzos. De  hecho,  Marx fue el autor  de
casi  todos  los  documentos  elaborados  por  ese  organismo.  Se  opuso  allí
a  los  anarquistas,  sosteniendo  la  necesidad  de  que  los  obreros
adoptasen formas  efectivas de  acción, sin  excluir  la  constitución de un
partido  político.  Finalmente,  en  1867,  bajo  el  título  de  El  capital  -
Crítica  de  la  economía  política.  Libro  primero,  Marx  publicó  su
demorado  análisis  del  proceso  de  producción  capitalista.  El  texto  tuvo
un  éxito  inmediato  y  arrollador,  y  pronto  fue  traducido  a  diferentes
idiomas.
A  partir  de  1869,  Engels  pudo  asegurar a  Marx  una renta  anual
fija  para  que  pudiera  despreocuparse  del  dinero.  No  obstante,  su  pre-
caria  salud y  las  muertes  de  su esposa y  su hija  mayor  ensombrecieron
sus últimos años. Falleció en Londres el 14 de  marzo de 1883. Poco
antes,  refiriéndose  a  quienes  pretendían  hablar  en  su  nombre  y
representar  su  pensamiento,  como  si  éste  fuese  algo  fijo  y  acabado,
había declarado a Engels: «Yo, desde luego, no soy marxista».
Los dos volúmenes siguientes de El capital habían sido terminados
por  Marx  en  los  años  inmediatamente  siguientes  a  la  aparición  del
primero,  pero,  sin  embargo,  siguió  corrigiéndolos  hasta  su  muerte.
Sería  luego  Engels  quien  los  revisaría  y  publicaría  postumamente.  El
Libro segundo apareció en 1885 y el Libro tercero, en 1894.


TEOKÍA DE LA PRAXIS
Ya  hace  algunos  años  le  decía  a  mi  hijo  Amador,  en  el  libro
dedicado  a  la  política,  que  los  que  siguieron  el  pensamiento  de  Marx
propusieron  que  el  proletariado  se  convirtiera  por  la  vía  revolucionaria
de  la  guerra  civil  en  la  clase  dominante,  aboliera  la  propiedad  capita-
lista  e  instaurara  una  economía  comunista,  en  que  la  única  dirección
estatal  se  encargase  de  planificar  la  producción  y  fijar  las  retribucio-
nes.  En  los  países  en  los  que  se  puso  en  práctica  esa  doctrina  —em-
pezando por Rusia—, el resultado no pudo ser peor. El Estado cre-

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KARL MARX
ció  hasta  convertirse  en  un  superempresario  capitalista  de  la  especie
más  tiránica,  pero  además  sumamente  ineficaz.  En  la  Unión  Soviética,
las  libertades  civiles  que  habían  aportado  las  revoluciones  burguesas
del  siglo  xvm  se  perdieron,  pero  la  desigualdad  continuó,  más  aguda
que  nunca,  porque   era   desigualdad  de  poder  político.   Antes  un
trabajador  podía  ser  despedido  por  un  empresario  intolerante  pero
encontrar  empleo  con  otro  de  la  competencia.  En  el  comunismo
autoritario  todo  el  que  no  se  somete  al  único  patrón  vigente  sufre  no
sólo  el  desempleo  sino  la  cárcel  o  la  eliminación  física.  La  nueva  clase
dirigente,  el  partido  comunista,  gozaba  —goza  aún,  donde  puede—  de
todos    los    privilegios    en    países    empobrecidos,    uniformizados    y
sometidos  a  un  lavado  de  cerebro  constante  por  los  dictadores
ideológicos del sistema...
Sin  embargo,  no  quiero  dejar  de  mencionarte,  le  decía  a  Amador,
los  aspectos  positivos  que  tuvo  el  pensamiento  marxista  y  el  mo-
vimiento  comunista  en  los  países  desarrollados  europeos.  Sirvió  para
forzar  una  serie  de  reformas  imprescindibles  que  humanizaron  so-
cialmente  el  capitalismo,  lo  dignificaron  políticamente  y  hasta  lo  hi-
cieron  más  eficaz  como  sistema  productivo.  En  el  Manifiesto  comunis-
ta  se  encuentran,  entre  exabruptos  mesiánicos  menos  aprovechables,
reivindicaciones  sensatísimas  para  su  época.  La  propiedad  pública  de
ferrocarriles  y  comunicaciones,  el  impuesto  progresivo  sobre  la  renta,
la  abolición  del  trabajo  infantil,  la  enseñanza  gratuita  y  el  pleno
empleo.  Son  objetivos  en  muchos  casos  hoy  ya  conseguidos  o  que  si-
guen  vigentes,  pero  ahora  no  como  propuestas  subversivas  sino  como
exigencias moderadas y razonables.


MARX COMO FUERZA HISTÓRICA

Evidentemente, no es un secreto el impacto que ha tenido la obra de
Marx en la historia. El marxismo no es simplemente una filosofía, sino a
la vez una fuerza social transformadora. Algunas veces también  fue, y es
una  coartada  para  movimientos  totalitarios,  autocráticos  que  con  un
revestimiento ideológico proporcionado por Marx lo  

184

LA AVENTURA DE PENSAR
que  han  descubierto  e  inventado  son  nuevas
tiranías  burocráticas  sobre
los  pueblos.  De  cualquier  manera,  pocos
individuos  han  tenido  una
influencia  personal  tan  extraordinaria  como
Marx  en  la  historia.  Y  si
nos  referimos  exclusivamente  a  la  historia
contemporánea  yo  creo  que
ninguna otra figura puede comparársele. Su obra
ha  sido  discutida  por
los economistas, así como por las repercusiones
prácticas  que  tuvo  en
algunos  países,  donde  ha  habido  desajustes
fundamentales.  Marx
estaba  convencido  de  que  la  verdadera
revolución  sólo  podía  darse  en
los  países  burgueses  desarrollados  y  él
esperaba  que  ocurriera  en
Inglaterra o en Alemania. Pero se desarrolló en la
atrasadísima  Rusia,
donde  no  existía  burguesía,  sino  un
campesinado  gobernado  por
aristócratas.  Su  obra  se  discutió  y  se  discute
desde  el  punto  de  vista
teórico  económico,  y  desde  los  efectos
históricos  que  han  tenido  en
algunos países y obviamente sobre la pérdida de
libertadas  e  incluso  el
atraso en ocasiones de algunas sociedades que han  querido  seguir  la
ortodoxia.  Son  las  condiciones   materiales
las    que    forman    las
sociedades. Mientras el  mundo esté dividido
entre  poseedores  y
desposeídos,  entre  los  que  pueden  aprovecharse
de  la  necesidad  ajena
y los que no tienen más remedio que hacer lo
que  les  manden  si
quieren  sobrevivir,  mientras  haya  ese
planteamiento  que  no  viene  de
los cielos,  sino  que  surge  de la  organización
de  la  sociedad,  no  se
puede  decir  que  haya  auténtica  libertad.  El
reto    que    plantea    el
pensamiento  niarxista,  más  allá  de  que  sus
revoluciones  sean  mejores
o peores, sigue vigente hoy, un problema aún no
resuelto  por  nosotros
las personas, los ciudadanos del mundo.

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