domingo, 12 de agosto de 2012
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Ludwig Wittgenstein, filósofo ingeniero
Ludwig Wittgenstein fue uno de los filósofos más influyentes del
siglo xx. Afirmarlo no es una exageración. Pero, además, fue un indi-
viduo singular, con una personalidad fascinante. Nació enViena en
1889 en el seno de una gran familia austríaca de gran fortuna y abo-
lengo de origen judío, siendo el menor de ocho hermanos. Su padre
era un importante industrial siderúrgico y protector de la cultura. El
joven Ludwig fue educado por profesores privados hasta los catorce
años. Luego cursó estudios en la Escuela Real de Linz
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y en la Escuela
Técnica Superior de Berlín. Su formación como ingeniero lo llevó a
inscribirse en la Universidad de Manchester
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y a diseñar un exitoso
motor para aviones. Pronto sus intereses se desplazaron hacia las
matemáticas puras y el problema de su fundamentación. El lógico
alemán Gottlob Frege, internacionalmente famoso por ese entonces, le
aconsejó estudiar con Bertrand Russell en Cambridge. Aunque
Wittgenstein no llegó nunca a leer y a estudiar filosofía en el sentido
estricto, académico, del término, empezó a hacer aproximaciones al
pensamiento filosófico. Como ya se ha dicho en el capítulo dedicado a
Russell, había escrito, junto con Alfred North Whitehead, una obra
titulada Principia mathematica, en la que pretendía deducir toda la
matemática de la lógica. Dicho trabajo fue crucial para la constitución
de la matemática contemporánea. Wittgenstein la leyó
cuidadosamente, tras lo cual decidió abandonar la ingeniería y
dedicarse a la filosofía.
Cierto día abordó al pensador gales a la salida de una clase donde
había asistido como oyente, y le dijo: «Profesor Russell, quiero que
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LA AVENTURA DE PENSAR
usted me diga si soy un idiota o no». Russell le preguntó la razón de
una petición tan curiosa y Wittgenstein le contestó: «Porque si soy un
idiota voy a seguir haciendo lo que hago, que es dedicarme a la inge-
niería aeronáutica; y si no lo soy, deseo dedicarme a la filosofía». Pru-
dentemente, Russell le repuso: «Verá, en verdad no sé si es usted un
idiota o no. Tráigame algo que haya escrito para que yo pueda leerlo y
hacerme así, quizá, una idea respecto de su inteligencia». Días des-
pués, Wittgenstein volvió a abordarlo, esta vez para entregarle un es-
crito. Russell lo leyó y, al día siguiente, al encontrarse con Wittgens-
tein le dijo: «Usted no debe dedicarse a la ingeniería aeronáutica».
En 1913 murió el padre de Wittgenstein, y éste se trasladó a
Noruega. Construyó una cabana en un solitario fiordo y vivió en un
profundo aislamiento. Durante un año aproximadamente trabajó
intensamente en diversos problemas de lógica y mantuvo
correspondencia con Russell.
Al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914, se alistó como
voluntario en la artillería austríaca. Durante los cuatro años que estuvo en
el frente llevó en su mochila algunos cuadernos en los que anotaba sus
pensamientos filosóficos. En 1918 cayó prisionero del ejército
italiano. En el campo de prisioneros de Montecassino,Wittgenstein
dispuso de tiempo libre para revisar y reordenar sus apuntes. Desde su
prisión, gracias a John Maynard Keynes,
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condiscípulo suyo de
Cambridge, logró hacerle llegar una copia a Russell. El manuscrito se
titulaba Tractatus logico-philosophicus.
UNA PERSONALIDAD ATRACTIVA
Wittgenstein era un hombre extraño, callado, melancólico, de
extraordinaria belleza física, cuya condición homosexual nunca logró
asumir de manera explícita. Quienes lo conocieron aseguraron que
tenía un influjo e influencia extraordinarios en todo aquel que lo
trataba de forma personal.
Después de la guerra, fue liberado de su cautiverio en 1919. En
Viena renunció a su parte de la herencia paterna en favor de sus her-
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LUDWIG WITTGENSTEIN
manos. Se encontró con Russell y discutió con él su trabajo línea por
línea. Ciertas diferencias entre las perspectivas de uno y otro se
hicieron cada vez más evidentes. El Tractatus logico-philosophicus
fue publicado en alemán en 1921.
EL LENGUAJE GENERA UN MUNDO PARA CADA INDIVIDUO
El mérito de Wittgenstein es que puso el tema del lenguaje en el
centro de la atención del pensamiento contemporáneo. Los lenguajes
que nosotros manejamos de una manera espontánea y reflexiva dan
lugar a todo tipo de trampas, equívocos y paradojas. Hay una
posibilidad de hacer un lenguaje que realmente sea una verdadera
descripción del mundo tal cual es, purificado de alguna forma de todas
las ambigüedades que lo constituyen habitualmente. El Tractatus es
un esfuerzo por concretar una teoría del lenguaje, y a través de él una
teoría del mundo. Cada uno tenemos un mundo que nos viene dado a
través del lenguaje. Las proposiciones del lenguaje representan de
alguna forma, el mundo que existe, incluso pictóricamente. Hay una
aproximación pictórica que surge de la propia disposición de las
palabras en una frase, pues en una proposición está representado un
hecho del mundo en el que nos movemos. Todo el esfuerzo de
Wittgenstein está orientado a analizar y desentrañar el modo en que el
lenguaje se relaciona con el mundo, a partir de la sospecha de que esa
relación está tapada por la cantidad de los diversos lenguajes que
utilizamos, y por sus caprichos semánticos. Pero ¿cuál es el núcleo
central en el cual el lenguaje logra convertirse en reflejo del mundo y
hasta qué punto ese mundo nos llega exclusivamente a través de esa
esencia del lenguaje?
El Tractatus está escrito en pequeños parágrafos numerados que dan
la impresión de ser un manual técnico de un aparato o algo por el estilo.
Ese aparato, efectivamente, tiene que ver con el lenguaje y también
con frases que tienden, de vez en cuando, a lo críptico y rozan lo místico.
Todo el pensamiento —dice Wittgenstein—, todo lo que se expone en ese
pequeño libro, cabe al final en una proposi-
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LA AVENTURA DE PENSAR
ción: «De lo que no se puede hablar, mejor es callar». Es como una
escalera por la cual subimos y una vez que hemos llegado a donde
queríamos —a comprender lo que queríamos— la olvidamos porque
lo que cuenta es haber llegado a ese estadio de mayor lucidez. Ese
pequeño Tractatus fue presentado como una especie de tesis doctoral,
apadrinada por el propio Russell, que le escribió un prólogo, y por
George Moore. Hubo un debate de lo más animado porque
Wittgenstein no era precisamente muy respetuoso con sus mayores y
discutía con ellos, dejando de lado sus antecedentes y prestigio.Y al
final, cuando Russell y Moore le otorgaron el reconocimiento aca-
démico que había buscado, él salió pasando el brazo confiadamente
por encima de cada uno de ellos diciéndoles: «Ustedes nunca enten-
derán nada».
En 1922 Russell le animó a publicar en Inglaterra su texto con una
introducción para facilitar la edición del libro. Wittgenstein no
aprobaba la introducción de Russell, convencido de que mostraba
incomprensión de aspectos centrales de su trabajo, y ambos se
distanciaron definitivamente.
EL TRACTATUS
El Tractatus gira alrededor de siete tesis. La primera afirma que el
mundo es todo lo que sucede. La segunda introduce la noción de
hecho atómico
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y lo define como combinación de entidades. De tal
modo, una cosa cualquiera sólo puede ser pensada a partir de los he-
chos atómicos en que puede entrar. Podemos pensar una silla, por
ejemplo, sólo a partir de los hechos en que ella puede aparecer, como
el que alguien se siente en ella, o se pare en ella, o que se la ponga
junto a una mesa, o cerca de una puerta, etcétera. Así, no podemos
pensar ningún objeto fuera de la posibilidad de su conexión con otros.
La tercera tesis define el pensamiento como figura lógica de los
hechos. Señala, en consecuencia, que lo que es pensable es también
posible. La cuarta tesis enfatiza la relación entre pensamiento y
lenguaje. Señala que la mayoría de las cuestiones filosóficas no son
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LUDWIG WITTGENSTEIN
falsas, sino que simplemente carecen de sentido. Para demostrar esta
afirmación,Wittgenstein introduce una serie de precisiones respecto
del simbolismo lógico.
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Es aquí donde el famoso proyecto de Russell
de presentar un edificio deductivo de la lógica y la matemática es
radicalmente criticado. Y es en el curso de tal crítica que Wittgenstein
despliega su original concepción del simbolismo y de la lógica misma.
Una de las aportaciones más celebradas para el ámbito del simbolismo
lógico es su propuesta de las tablas de verdad.
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En la quinta tesis se
introduce la noción de proposición elemental, y en la sexta se analiza
la forma general de las funciones de verdad y de las proposiciones. Es
a la luz de estos desarrollos que el Tractatus expone su afirmación
más polémica: «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi
mundo». Esto significa, en primer lugar, que los límites del mundo
son también los límites de la lógica. Nada podría ser ilógico, porque si
lo fuera no pertenecería al mundo. En segundo lugar, que el mundo es
mi mundo; de modo tal que yo soy mi mundo. Y, en tercer lugar, que
el lenguaje es comprendido como esencialmente privado. Contra ello
reaccionaría el propio Wittgenstein en su obra posterior.
Además de ocuparse de los problemas del simbolismo lógico y de
refutar breve y sistemáticamente el proyecto de los Principia ma-
thematica, el Tractatus intenta describir la estructura del lenguaje pre-
posicional en general y delimitar lo que excede esa estructura. Ese
exceso es lo que Wittgenstein llama «lo inexpresable» o «lo místico».
Finalmente, la última tesis del Tractatus, «De lo que no se puede ha-
blar, mejor es callarse», es quizá la más famosa. Fue entendida como
una crítica al discurso metafísico, pero también podía interpretarse
como un llamamiento a cierto tipo de silencio místico y a una re-
novada humildad del discurso humano. El propio Wittgenstein declaró
en el Prólogo que lo más importante de su obra no era lo que decía,
sino precisamente lo que callaba.
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LA AVENTURA DE PENSAR
UN ADIÓS A LA FILOSOFÍA
Entre 1920 y 1925,Wittgenstein abandonó la filosofía y trabajó
como maestro en varias aldeas austríacas. En 1926 ingresó como
jardinero en un monasterio cerca de Viena. También se dedicó a
diseñar y construir una casa para una de sus hermanas, tarea que lo
ocupó durante dos años. En 1927 conoció al filósofo Moritz Schlick
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y, a través de él, a Rudolf Carnap
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y a FriedrichWaissmann.
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Se reunió
periódicamente con ellos y comenzó nuevamente a discutir problemas
filosóficos. En estas discusiones,Wittgenstein sintió una creciente in-
satisfacción con las doctrinas del Tractatus que tanto maravillaban a
sus amigos y decidió que su trabajo no estaba terminado.
En 1929 regresó a Cambridge y obtuvo el doctorado en filosofía.
Dio una importante disertación conocida como Conferencia sobre
ética y comenzó a dictar clases reducidas, que pronto se hicieron fa-
mosas. Enseguida empezó a circular el rumor de que estaba desarro-
llando una filosofía radicalmente distinta de la del Tractatus. No eran
rumores vanos. En poco tiempo, Wittgenstein dio a conocer una fi-
losofía completamente diferente. Dejó de lado la búsqueda de un
lenguaje puro que estuviese al margen de la turbulencia de los len-
guajes reales. Su idea central fue que no hay una esencia pura del
lenguaje —porque no hay una función básica del lenguaje de la cual
todas las otras serían derivadas o dependientes—, lo que hay son di-
ferentes juegos de lenguaje mediante los cuales interactuamos, y las
palabras tienen sentido sólo respecto de su uso. Por lo tanto, preguntar
por un juego de lenguaje es, en el fondo, preguntar por una forma de
vida, de interacción, de convivencia.
Wittgenstein realiza una crítica muy fuerte de la idea de un lenguaje
privado en su libro postumo Investigaciones filosóficas. Nadie puede
tener un lenguaje de significados privados, porque significar quiere
decir que uno adopta un símbolo y lo comparte con otros que lo entienden.
En esta crítica se produce una importante profundización de la
comprensión del lenguaje.Wittgenstein plantea que el lenguaje no sólo
representa los hechos del mundo, sino que también sirve para pedir, orar,
preguntar o llamar. No puede reducirse,
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LUDWIG WITTGENSTEIN
pues, el fenómeno lingüístico a la función descriptiva o informativa. Y
cuando se analiza el lenguaje en todas sus manifestaciones, se deja ver
que se trata de una relación interpersonal. Estudiar un lenguaje, o un
uso de un lenguaje, es estudiar una forma de vida social, en la cual nos
relacionamos mediante diferentes juegos. Alcanzar una comprensión
adecuada del lenguaje no significa más que comprender los diversos
juegos de lenguaje en que nos vemos inmersos. En el 7ractaíMS,
Wittgenstein había entendido la filosofía como una terapéutica. Esa
noción se agiganta en las Investigaciones lógicas. La filosofía debe
aclarar los conflictos en que nos vemos envueltos cuando
confundimos los juegos de lenguaje que jugamos. Debe mostrarnos
que estamos jugando mal cuando despojamos a las palabras de sus
usos cotidianos y sus situaciones concretas. Es lo que habitualmente
ocurre cuando los filósofos tradicionales persiguen esencias puras. En
realidad, no hay un orden perfecto por descubrir, sino una innume-
rable dispersión de órdenes posibles establecidos desde los juegos de
lenguaje en que cotidianamente participamos y las respectivas prác-
ticas sociales. Aquí se anudan el Tractatus y las Investigaciones, en la
noción de que la filosofía no es, en última instancia, una teoría o una
doctrina, sino una actividad.
Esta segunda filosofía de Wittgenstein desmiente su pensamiento
anterior pero también, por otra parte, lo prolonga y lo complementa.
La primera filosofía de Wittgenstein fue aceptada por los neo-
positivistas,
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de la Escuela deViena, que la consideraron un avance
importante. Su segunda filosofía dio lugar a lo que se llama la «filo-
sofía del lenguaje ordinario, de la Escuela de Cambridge y toda una
gran corriente de filosofía anglosajona que prácticamente ha llegado
hasta nuestros días.
En 1937, cuando Alemania se anexionó Austria, Wittgenstein
adoptó la ciudadanía británica. Los apuntes de sus clases comenzaron
a circular por círculos cada vez más amplios. Durante toda la Segunda
Guerra Mundial colaboró como enfermero en Londres y en Newcastle.
En 1947 renunció a su cátedra en Cambridge y se estableció en
Irlanda, donde falleció víctima de un cáncer cuatro años después.
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LA AVENTURA DE PENSAR
UNA VIDA MARAVILLOSA
Wittgenstein tenía un grupo de
adoradores que le seguían
verdaderamente como si fuera, no un
filósofo, sino un gurú, un
personaje místico. Cuando se anunció que iban
a salir editadas las
Investigaciones filosóficas —que no es un
libro precisamente
divertido ni sencillo— en todas las grandes
librerías, en especial en
Cambridge, sus adictos formaron colas
interminables desde la
madrugada, porque nadie quería quedarse sin la
obra de este pensador
singular. Su influencia en un primer momento fue
absoluta en toda la
filosofía anglosajona, mientras que en la Europa
continental fue visto
con bastante distanciamiento, con rechazo, e
ignorado en buena
medida. Cuando murió relativamente joven, a los
sesenta y dos años
de edad, le pidió al médico que lo estaba
atendiendo que le
transmitiera a sus amigos: «Dígales que he
tenido una vida
maravillosa». No tenemos por qué no creerle.
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