domingo, 12 de agosto de 2012
Sören Kierkegaard, fe y filosofía
Muchos filósofos se han esforzado por comprender el mundo.
Aristóteles habló del asombro a partir del cual pensamos,
reflexionamos, y hacemos ciencia. Pero tal vez hay otros sentimientos
mucho más profundos y más urgentes que nos llevan a pensar. Por
ejemplo, el miedo a la muerte, al qué será de nosotros. Esa sensación
de que nos vamos a perder, a desaparecer como si nunca hubiéramos
existido, es la que está en el corazón de la obra de Soren Kierkegaard,
el gran pensador danés. Kierkegaard es un hombre que sufre, se
pregunta qué va a ser de él, se angustia y teme. El ser humano a lo
largo de la historia ha buscado las respuestas a este tipo de preguntas a
través de la religión, mucho más que en la filosofía. Lo divino es lo
que promete y produce la salvación, mientras que la filosofía se
contenta con la comprensión y el conocimiento.
Kierkergaard nació en 1813 en Copenhague y creció en una fa-
milia de riguroso espíritu religioso. Su padre era un personaje real-
mente obsesionado con la religión. En un momento determinado,
subió a uno de los montes cercanos a Copenhague para nada menos
que maldecir al cielo y a Dios, porque pensaba que lo había abando-
nado. En este mundo traumático, de fe exasperada, es en el que crece
Kierkegaard. Pero no le alcanza simplemente con cerrar los ojos y
tener fe. Quiere tener fe, pero también comprender, ir más allá de lo
que da simplemente la obediencia a la religión establecida, con la que
él, por otra parte, no se llevaba nada bien. Hay un salto, más allá de lo
comprensible, que es lo que hace la religión y es el que quiere dar
Kierkegaard. La fe supone un salto más allá de la razón, un salto so-
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LA AVENTURA DE PENSAR
bre el abismo de la nada, un salto sin ninguna garantía. Su obra es una
mezcla extraordinaria de literatura y filosofía, además de un recorrido
y un testimonio. Hay algo profundamente humano y creíble en toda su
reflexión.
LOS SALONES Y EL TEÓLOGO
El padre de Soren Kierkegaard nació en Jutlandia, al norte de
Dinamarca. Trabajó desde que era un niño y a los catorce años fue a
Copenhague, donde se dedicó al comercio textil con mucho éxito.
Pronto se transformó en una persona de fortuna. Su primera mujer no
le dio hijos y falleció tempranamente. Entonces contrajo matrimonio
con la criada que trabajaba en su casa y a la que estaba unido por un
lejano parentesco. Ella ya estaba embarazada y, con los años, tuvieron
varios hijos. El séptimo de ellos fue Soren, quien nació en 1813.
Cinco de sus hermanos murieron jóvenes, lo que fue vivido por la
familia como una maldición que había caído sobre ellos por la inicial
vida en pecado de la pareja. El propio Soren creía que también iba a
morir en plena juventud. Por otra parte, gracias a la prosperidad
familiar, careció de problemas económicos o financieros, pero la
relación con su familia, en general, y con su padre en particular, fue
extremadamente difícil.
En 1830, Kierkegaard fue enviado por su padre a estudiar teolo-
gía, pero prefirió dedicarse a la literatura y a la filosofía, entregándose
a una vida mundana y algo licenciosa. Pronto fue conocido por su
espíritu crítico y satírico, así como por su habilidad dialéctica, que lo
hacía brillar en fiestas y salones. Esto le llevó a enfrentamientos cada
vez mayores con su padre, que lo veía perdiendo el tiempo en teatros y
cafés. Finalmente, rompieron relaciones. No obstante, en 1838, el
anciano enfermó gravemente y antes de morir se reconcilió con su
hijo. Tras su fallecimiento, Soren retomó las prácticas religiosas que
había abandonado, y volvió a sus estudios con gran entusiasmo. En
1840 se licenció en teología, y en 1841 en filosofía.
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SÖREN KIERKEGAARD
EL PENSAMIENTO INDIVIDUAL Y EL DESAMOR
Kierkegaard vivió en la primera mitad del siglo xix, en el mo-
mento de la gran filosofía idealista alemana. Hablo de Fichte,
Schelling y sobre todo, Hegel. El pensamiento estaba centrado en los
grandes temas: el espíritu, el ser y los universales. Extraordinarios
conceptos que son muy abarcadores y que constituían una com-
prensión magna del mundo. Kierkegaard partía de un punto muy
distinto. Básicamente, de él mismo, la individualidad. Una serie de
defectos físicos (era bastante jorobado) le había deparado problemas
para relacionarse con las mujeres. En cierto momento se enamoró de
una joven, Regina Olsen, con quien, después de haberla seducido
verbalmente, llegó al noviazgo sin atreverse nunca, según parece, a
dar el paso carnal. Su miedo a la impotencia recuerda a un permanente
terror a sus propias limitaciones. La alegría de la joven de catorce años
contrastaba con el carácter en general taciturno del filósofo. La
relación duró tres años, hasta que él rompió el compromiso.
Kierkegaard habla desde su sufrimiento y desde su dolor. No pone
por delante una reflexión sobre el universo, sino un testimonio de
vida, que es lo que podemos aplicar cualquiera de nosotros, porque
todos partimos de nuestra propia experiencia. De hecho, llega a
afirmar que todos pasamos por una serie de etapas en nuestro desa-
rrollo y hay un momento estético en el cual algunos atienden en forma
excesiva la belleza, lo sublime y la representación de lo hermoso.
Luego, hay una etapa ética, cuando vivimos preocupados por el deber,
por las obligaciones. Finalmente, hay una etapa religiosa, que es
donde se busca la salvación, ese rescate frente a la muerte, la
perdición y el olvido.
LAS DISTINTAS CARAS DE KIERKERGAARD
Kierkergaard publicó muchas de sus obras con distintos
seudónimos. Se fue inventando personalidades diferentes, bajo las
cuales hablaba
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LA AVENTURA DE PENSAR
oscilando entre la ética que le atormentaba, la estética que le tentaba y la
religión que le prometía salvación.
Este juego de máscaras es un recurso muy interesante, porque lo
que hace ahí es tomar «experimentalmente», como él dice, un autor
que, de alguna manera, represente un punto de vista, para mostrar sus
limitaciones. Por ejemplo, en Temor y temblor, el autor firma como
Johannes De Silentio, y cuenta la historia de Abraham,
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que va a
sacrificar a su hijo porque Dios se lo ha ordenado. Cuando uno lee, se
da cuenta de que hay en el presunto autor, no en Kierkegaard, sino en
De Silentio, una imposibilidad de comprender a Abraham. Porque De
Silentio se sitúa en el plano ético, y desde ahí trata de abarcar aquello
que está más allá de él. Pero para el hombre ético, lo que hace el
individuo religioso es una locura. Este tipo de juego se daba siempre
con los seudónimos, que en realidad no implicaban ningún
ocultamiento de identidad. En Copenhague, todo el mundo sabía quién
era el autor de sus libros. En uno de sus escritos, Kierkegaard decía
que, a lo largo de los años, había ido acumulando fantasmas, y que el
uso de seudónimos le permitía sacarlos fuera de sí. Es decir, tomar un
punto de vista y desarrollarlo, para ver hasta dónde podía llegar. A
partir del estudio de diversos personajes como Sócrates, Donjuán,
Fausto y Antígona, entre otros, y a través de los diferentes seudónimos
utilizados, Kierkegaard pudo exponer distintas opciones de vida, o,
como él decía, diferentes estadios. Se trataba básicamente de tres
estadios, una vez más, el estético, el ético y el religioso. Entre ellos no
había mediación posible sino sólo riesgo, salto, decisión.
Por ejemplo, hay un período que comienza en 1843 y va hasta
1847, donde el seudónimo que más aparece es Johannes Climacus, y
no deja de llamar la atención que los escritos posteriores, de 1848 a
1851 tienen como seudónimo Anti-Climacus, es decir, lo contrario. Y
el punto de vista de este Anti-Climacus es el de lo que Kierkegaard
consideraba que era, realmente, el cristianismo. Para él, la fe es una
relación personal entre el individuo y el Tú absoluto que lo interpela.
Esa relación es resignación y confianza infinitas. Es un salto sobre el
abismo de la incertidumbre. Esta interpretación kierkegaar-
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SOREN KIERKEGAARD
diana de la fe puso en un primer plano al individuo concreto, es decir,
singular y sufriente, capaz de asumir su subjetividad como su única
verdad, y su relación con Dios como un salto sobre el abismo de la
nada. El individuo siempre está expuesto a la nada.Y esa exposición es
la angustia misma, que revela su libertad, su responsabilidad y el riesgo
ineludible de elegirse a sí mismo a cada paso.
El pensamiento de Kierkegaard giró en torno de dos temas
prioritarios. El primero era el del individuo y su existencia concreta, y
el segundo, que estaba íntimamente relacionado con éste, era el de su
relación con el cristianismo, con el verdadero y no con el que veía a su
alrededor y al que consideraba una especie de humanismo burgués,
cuyo contenido de fe había pasado a ser sólo un hecho social, y donde,
según sus palabras, se cometía la peor de las herejías, la de «jugar a
ser cristiano» .Y por el otro lado, se planteaba el desafío de ser un
verdadero cristiano, algo que, en última instancia, es imposible. Para
Kierkegaard, la exigencia de vivir cristianamente es a la vez
irrenunciable e imposible de cumplir. Se trata de un ideal que está
demasiado elevado para nuestra naturaleza humana, porque vivir
cristianamente significa hacerse como Cristo. Esa tensión entre la
deseabilidad de ese ideal y la imposibilidad de conseguirlo va a regir
toda la vida de Kierkegaard. Según él, como cristianos, estamos ante
Dios, pero ese «ante Dios» desnuda nuestra imperfección, puesto que
ante Dios —suma de todas las perfecciones— nadie es verdadera-
mente digno. Ante él, todos somos pecadores. De hecho, el pecado no
es más que la conciencia de estar ante Dios.
VERSIONES DEL PECADO
Kierkergaard desarrollará el tema del pecado y la fe en el Tratado
de la desesperación: «La oposición del pecado y de la fe domina en el
cristianismo y transforma, cristianizándolos, todos los conceptos
éticos, que así reciben un relieve más profundo. Esta oposición se basa
en el criterio soberano del cristianismo: si se está o no en presencia de
Dios, criterio que implica otro, a su vez decisivo del cristianismo: la
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LA AVENTURA DE PENSAR
absurdidad, la paradoja, la posibilidad del escándalo. La presencia de
este criterio es de extremada importancia cada vez que se quiera de-
finir al cristianismo, puesto que es el escándalo lo que protege al cris-
tianismo contra toda especulación». ¿Dónde se encuentra la posibili-
dad de tal escándalo? En la conciencia de estar ante Dios. Pero en este
punto, «primero, la realidad del hombre debería ser o existir como
Aislado en presencia de Dios; y en el segundo punto, consecuencia del
primero, su pecado debería ocupar a Dios. Ese diálogo entre el
Aislado y Dios no entrará nunca en el cerebro de los filósofos, ellos no
hacen más que unlversalizar imaginariamente los individuos en la
especie. También es esto lo que ha hecho inventar, para un
cristianismo incrédulo, que el pecado no es más que el pecado, sin que
estar o no en presencia de Dios agregue o quite nada al asunto. [...]
¿Cuántas veces no se ha repetido que se escandalizaba la gente del
cristianismo a causa de sus sombrías tinieblas, de su austeridad,
etcétera? ¿No es ya tiempo de explicar que, si los hombres se
escandalizan ante él, en el fondo se debe a que es demasiado elevado o
que su medida no es la del hombre, de quien quiere hacer un ser
extraordinario, a que el hombre ya no puede comprenderlo? También
esto aclarará una simple exposición psicológica de lo que es el
escándalo, que además demostrará toda la absurdidad de una defensa
del cristianismo en el cual se suprimiera el escándalo; que mostrará
toda la estupidez o desvergüenza de haber ignorado los preceptos
mismos del Cristo, sus tan frecuentes y diligentes advertencias contra
el escándalo, cuando nos indica él mismo su posibilidad y necesidad;
pues desde el momento en que la posibilidad ya no es necesaria, desde
el momento en que ella deja de ser una parte eterna y esencial del
cristianismo, el Cristo cae en el contrasentido humano de pasear de
ese modo inquietante sus vanas advertencias contra él, en lugar de
suprimirlo».
A partir de 1843, Kierkegaard se dedicó casi exclusivamente a
escribir. Su producción fue asombrosa por la cantidad de libros rea-
lizados en muy poco tiempo. Redactó, además, un Diario personal,
que comenzó en 1831 y continuó hasta 1855 y que ocuparía unos
veinte volúmenes de unas trescientas páginas cada uno, así como una
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SOREN KIERKEGAARD
gran cantidad de sermones y «discursos edificantes» que publicó con su
nombre y apellidos.
La tesis doctoral de Kierkegaard se tituló El concepto de ironía
con referencia constante a Sócrates y giraba en torno de la ironía
socrática y del romanticismo. Según Kierkegaard, los griegos
llamaron «ironía» a una especie de suficiencia que eleva al individuo
sobre todo el mundo. En cambio, la ironía del romanticismo es
asimilable al sentimiento de que el mundo se burla del individuo
particular. Con esta ironía comienza la vida digna de ser llamada
humana. El texto de Kierkegaard analiza la ironía según las diversas
motivaciones psicológicas y acusa a la grandilocuente metafísica
idealista de ocultar su raíz ironista, que dice con la mayor gravedad lo
que no piensa —ni puede pensar— como serio, incurriendo así en una
falsificación absurda. Pero todo esto en el fondo era una crítica a la
filosofía hegeliana. Kierkegaard contraponía a la filosofía del sistema
una filosofía de la praxis. El pensamiento del sistema era el de los
grandes sistemas especulativos alemanes, que olvidaba nada más y
nada menos que al individuo y sus pequeños dramas cotidianos.
Filosofía de la praxis, en cambio era, para Kierkegaard, la que se
atiene a los vaivenes de la vida práctica de los hombres, que plantea
siempre problemas que cabe tratar aquí y ahora. Para una filosofía del
sistema, de lo que se trata es de explicar el devenir de la realidad toda;
para la de la praxis, de reflexionar sobre nuestra experiencia, nuestras
alegrías y tristezas, nuestras esperanzas y angustias. Según
Kierkegaard, la primera había culminado en Hegel. De modo que
cuando criticaba al gran filosofo alemán, en realidad criticaba toda la
tradición filosófica occidental desde su lejano origen en Grecia, que
siempre transformaba todo en mediación y en lógica. Ese pensamiento
pasaba por alto la vida concreta, que no es mediación y
desenvolvimiento dialéctico, sino paradoja y contraste. No procede
por síntesis, sino por elección.Y lo que existe en ella no es el
Absoluto, sino el individuo y sus decisiones.
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LA AVENTURA DE PENSAR
EL TEMA DE LA LIBERTAD
El ser humano no está programado por la naturaleza para cumplir
determinadas funciones, sino que tiene que elegir. Eso es lo que lla-
mamos «libertad», que significa que no tenemos nuestros objetivos
biológicos y zoológicos determinados de una manera fija como el
resto de los animales, sino que poseemos una amplia gama de posi-
bilidades distintas entre las que tenemos que optar. No tenemos nin-
guna obligación de hacer esto o aquello, de ir hacia aquí o hacia allí,
de decir sí o decir no, y eso nos produce angustia, ese sentimiento ante
el vacío de la libertad que se corresponde también al propio vacío de
la muerte que presentimos. De modo que el espíritu tiembla, se
angustia y, en último término, puede buscar la fe, que a su vez
también es algo terrible, porque la divinidad no nos promete en
principio razones, comprensión o utilidad. Se produce la incerti-
dumbre de provocar la ruptura entre dos mundos diferentes: de tener
que elegir entre el de la razón, de lo útil, de lo verosímil y el de la fe.
El absurdo terrible de la divinidad se halla en la propia historia bíblica
cuando, como ya he mencionado antes, Jehová le ordena a Abraham
que suba a un monte y sacrifique a su propio hijo a quien lleva
aterrorizado pero con toda su fe, y cuando está a punto de matarlo lo
detiene la mano del propio Dios. La divinidad lo que quiere decir es
que no valen ninguno de los razonamientos humanos, tampoco los
éticos, que hacen que un padre no pueda matar a su hijo. O crees o no
crees. O entras en el mundo de la creencia donde todo es posible,
puesto que para Dios todo es posible. No hay nada necesario, incluso
el pasado, todo puede ser cambiado, borrado. Ésta es la opción a la
que aspira Kierkegaard, quien afirma no haber encontrado nunca
fuerza suficiente en lo que él llamaba «el caballero de la fe». El que es
capaz de dar el salto y decir: «Ahí queda el mundo con su necesidad y
razón, y yo me entrego a lo irracional pero que salva».
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SOREN KIERKEGAARD
LAS POLÉMICAS POR EL CRISTIANISMO
Esta concepción del cristianismo, desarrollada por Kierkegaard,
chocaba con el que alentaba la Iglesia danesa. Este conflicto llegó a su
punto máximo cuando, a la muerte del obispo Jakob P. Mynster, se
habló de su vida como de «un testimonio de la fe». Kierkegaard con-
testó que la vida de un cristiano, para llegar a ser un testimonio de la
fe, tenía que estar expuesta al dolor, al sufrimiento y a la persecución,
lo que no había sido el caso del buen obispo. Esto generó respuestas y,
nuevamente, una veintena de artículos que llegaron, prácticamente,
hasta el momento de su muerte. Un día de octubre de 1855,
Kierkegaard se desmayó en medio de la calle, víctima de un derrame
cerebral. Fue internado y pasó el último mes de su vida en profunda
comunión con Dios, y murió con una gran paz el 11 de noviembre de
1855, a la temprana edad de cuarenta y dos años. Escribió toda su obra
en danés, que naturalmente es una lengua de un reducido número de
hablantes. Durante mucho tiempo, a pesar de que en su época disfrutó
de notoriedad y fue un hombre conocido, pasó desapercibido porque
el mundo donde había ejercido su pensamiento y su polémica no era el
de los grandes centros europeos. Poco a poco comenzó a ser
descubierto, bastantes décadas después de su muerte, y se transformó
en el precursor y fundador de eso que en el siglo xx se llamaría el
existencialismo.
La filosofía existencialista, basada en la existencia del ser huma-
no, en su angustia, en su perplejidad, tiene su claro antecedente en
Kierkegaard. En nuestra lengua, Miguel de Unamuno fue uno de sus
primeros lectores. Pero también influyó a los filósofos existencialistas
franceses, como por ejemplo Gabriel Marcel
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y Jean-Paul Sartre, entre
otros, incluso al propio Heidegger y al existencialismo alemán en
particular, llegando a Karl Jaspers.
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La figura de Kierkegaard es más
reconocida en el siglo xx que en el xix, que fue cuando escribió. Hoy,
por supuesto, su lenguaje sigue resultándonos extraordinariamente
atractivo, y tiene una gran fuerza literaria cargado de una vivida
emoción. En su obra hay alguien que está debatiéndose con problemas
terribles, que está ofreciendo un camino extraño, absurdo
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LA AVENTURA DE PENSAR
y, sin embargo, a veces tentador. Es el de ese
dios que no se pliega a la razón y que promete
que, dejándolo todo y teniendo fe, el individuo se
salvará. Pero su obra es la expresión subjetiva
del pensamiento, ese tipo de ensayo que no es
académico, que no puede enseñarse en una
clase, porque tiene que ver con la experiencia
personal, de reflexión y ahondamiento en la
propia condición existencial, y es una tarea de
años o de toda una vida, que no se puede captar
en el escaso tiempo que se asigna a una clase.
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