domingo, 12 de agosto de 2012


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Friedrich Nietzsche y la filosofía del martillo



En  nuestros  días,  la  mayoría  de  los  filósofos  se  dedican
profesionalmente a la docencia. Sin embargo, a lo largo de la historia
ha  habido  muchos  pensadores  que  no  fueron  profesores  de  filosofía.
Se  trata  en  algunos  casos  de  intelectuales  que  no  han  sido  académicos,
y  que carecen  de  una  obra  docente.  Uno  de  los  nombres  destacados
que  la  Academia  ha  tardado  en  reconocer  como  importante  es  el  de
Friedrich  Nietzsche,  quien  se  dedicó,  en  primer  lugar,  a  la  filología,
disciplina  en  la  que  destacó,  siendo  discípulo  y  amigo  de  algunos  de
los  filólogos  más  importantes  de  su  época,  tales  como  Friedrich  Wil-
helm Ritschl
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 y Erwin Rohde.
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 A lo  largo de su vida,  escribió una obra
extremadamente  personal,  que  comenzó  con  una  novedosa  y  polémica
interpretación del  mundo antiguo  y  de la cultura  griega clásica  y que
lo  condujo  a  la  crítica  radical  del  cristianismo  y  del  humanismo
positivista de su época.
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Nietzsche  fue,  inicialmente,  seguidor  de  la  obra  de  Arthur  Scho-
penhauer,  de  quien  toma  la  imagen  del  cosmos  como  voluntad  que
lucha por desear, por extenderse, que arrolla todo a su paso y que no
surge  de  una  razón  organizadora,  sino  más  bien  del  impulso  ciego.
Pero, a diferencia de Schopenhauer, que ve esto como una especie de
dolor,  Nietzsche  considera  que  sí  hay  sufrimiento  pero  también  hay
alegría,  una  profunda  exaltación.  Schopenhauer  ve  el  juego  de  la  vo-
luntad desde el individuo y constata que la voluntad se vale de él para
sus propios fines y luego lo aplasta sin miramientos. El resultado es un
irrenunciable pesimismo: la vida es dolor porque es deseo; y el deseo
tiene como únicos destinos la insatisfacción o el hastío.  

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LA AVENTURA DE PENSAR
Nietzsche,  en  cambio,  considera  que  el  yo  es  una  ilusión  y
entonces  adopta  un  punto  de  vista  descentrado  para  contemplar  el
juego que eternamente fluye de las fuerzas que componen la voluntad de
poder.    Este    juego    se    le    aparece,    pues,    como    gozoso.    Para
Schopenhauer la voluntad es una —es la cosa en sí que el universo es—
,  mientras  que  para  Nietzsche  no  hay  más  que  infinitas  y  fugaces
puntuaciones  de  voluntad,  cuyas  tensiones  y  choques  son  las  que
constituyen toda entidad perceptible o pensable.
Nietzsche  cumplió  y  superó  la  profecía  de  Schopenhauer.  Vio  ese
mundo  que  regresa,  ese  girar  de  los  eones,
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  de  los  deseos,  de  los
impulsos humanos. Pensaba que de todo eso podemos ir obteniendo una
superación  y  una  exaltación.  Para  él,  la  visión  cósmica  de  la  danza  del
devenir es motivo de celebración.


CRIADO ENTRE MUJERES Y SIN SALUD
Nietzsche  nació  en  Rócken,  Sajonia,  en  1844.  Huérfano  de  padre
desde  los  cinco  años,  se  crió  con  su  abuela,  su  madre,  su  hermana  y
dos  tías.  Estudió  en  el  Gymnasium  de  Naumberg  y,  luego,  en  el  fa-
moso  internado  de  Pforta.
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  De  aquellos  años  juveniles  datan  las  pri-
meras  evidencias  de  su  precaria  salud.  Según  los  registros  del  inter-
nado,  Friedrich  iba  frecuentemente  a  la  enfermería  por  diversas
causas:  dolores  de  cabeza,  malestares  estomacales,  vómitos  y  diarreas,
mostrando  una  fragilidad  que  sería  una  característica  de  toda  su  vida.
Más  tarde  profundizó  sus  estudios  de  filología  en  la  Universidad  de
Berlín  y  en  la  de  Leipzig.  En  1869  fue  nombrado  profesor  de  filología
clásica  en  la  Universidad  de  Basilea.  Al  estallar  la  guerra  franco-
prusiana
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  se  incorporó  como  enfermero  al  ejército  alemán,  aunque  sus
habituales  problemas  físicos  le  impusieron  el  regreso  a  tareas  aca-
démicas.  En  Basilea,  conoció  al  compositor  Richard  Wagner,
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  quien
ejerció  una  enorme  influencia  sobre  él.  Nietzsche  entendía  que
Wagner  representaba  la  renovación  de  la  cultura  alemana.  No  es  ex-
traño,  pues,  que  la  primera  obra  del  filósofo,  El  origen  de  la  tragedia
en  el  espíritu  de  la  música,  tuviera  la  intención  de  justificar  las
concepcio-

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FRIEDRICH NIETZSCHE
nes  dramáticas  wagnerianas.  Sin  embargo,  la  posición  de  Nietzsche
respecto  de  Wagner  fue  cambiando.  A  medida  que  su  pensamiento  y
su  vida  fueron  desplegándose,  Nietzsche  adoptó  claras  tomas  de  po-
sición  frente  a  su  cuñado  Bernhardt  Fórster,  antisemita  y  negrero,
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contra  Wagner,  y  ante  el  nacionalismo  y  militarismo  prusiano.  En  ese
sentido,  fue  un  decidido  europeísta  y  cosmopolita.  Tuvo  una  actitud
agresiva  y  definida,  además,  contra  la  burocracia  universitaria.  Incluso
cuando  debemos  calibrar  el  alcance  de  sus  afirmaciones  teóricas
principales,  son  bastante  clarificadoras,  cuando  analizamos  su  oposi-
ción  respecto  de  la  pena  de  muerte,  los  procedimientos  carcelarios
demasiado  rigurosos  de  su  época  y  su  permanente  desdén  por  la  falta
de veracidad e hipocresía. El origen de la tragedia en el espíritu de la
música es el libro con el que finaliza su carrera como filólogo clásico
y con él se verifica la primera etapa del desarrollo de la filosofía
nietzscheana.


UN INCOMPRENDIDO

Los  colegas  de  Nietzsche  no  supieron  comprender  que  el  análisis
que  presentaba  no  era  en  modo  alguno  filológico,  sino  puramente
filosófico. En El origen de la tragedia en el espíritu de la música,
Nietzsche presenta la tensión entre un principio apolíneo, que rige las
formas, las apariencias, la claridad,  y un principio dionisíaco, que ex-
presa el verdadero fondo de la realidad, la exaltación de las pasiones,
la embriaguez, la vida misma. Así, en la tragedia, el artista proporcio-
na  un  consuelo,  mediante  bellas  formas,  frente  a  lo  puramente  dio-
nisíaco, amenazante y disolvente. Pero la tragedia entra en crisis en el
siglo  v  a.C.  según  Nietzsche,  en  virtud  del  optimismo  racionalista,
representado  por  Sócrates  y  Eurípides.
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  Entre  1873  y  1876,  Nietzsche
publicó  cuatro  artículos  reunidos  bajo  el  título  de  Consideraciones
intempestivas,  donde  hace  una  crítica  radical  de  la  cultura,  calificando
a ésta de estéril y contraria a la vida.
En  1878  apareció  Humano,  demasiado  humano,  que  abre  la
segunda  etapa  del  pensamiento  nietzscheano,  en  la  que  él  se  aparta  de
sus  

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LA AVENTURA DE PENSAR
influencias  iniciales  y  adopta  una  postura  de  rechazo  de  muchas  de  sus
anteriores  opiniones,  como,  por  ejemplo,  las  que  había  expresado
sobre  Schopenhauer  —reflejadas  en  la  separación  de  lo  dionisíaco  y  lo
apolíneo—  y  Wagner.  En  esa  época  abandonó  la  docencia  univer-
sitaria  y  conoció  a  Lou  Andreas  von  Salomé,
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  que  fue  el  gran  amor
de  su  vida.  Junto  con  un  amigo  común,  el  poeta  Paul  Rée,
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  decidieron
vivir  juntos  en  una  especie  de  comunidad  que  resultó  bastante
escandalosa  para  la  época.  La  convivencia  duró  pocos  meses  y  la
experiencia fracasó.
En  1881,  Nietzsche  publicó  Aurora  y  un  año  más  tarde  La  gaya
ciencia,  obra  que  anunció  la  que  sería  la  tercera  etapa  de  la  filosofía
nietzscheana,  ya  no  simplemente  crítica  sino  fuertemente  afirmativa.
De  esta  manera  no  sólo  puso  el  acento  en  destruir  errores  —Nietzsche
llama  a  ese  momento  «filosofía  del  martillo»—,  sino  en  señalar  una
filosofía  que  tenía  como   objetivo,  en  cambio,  proponer  nuevas
verdades.  Nietzsche  parece  haber  comprendido  que  la  mera  crítica  no
afirma  nada  y  que  para  afirmar  es  necesario  asumir  un  momento
constructivo.


LA TRAMPA DE LOS DÉBILES
Uno de los aspectos más polémicos y por supuesto más sugestivos  de
la obra de Nietzsche es el referido al tema de la moral, o, para utilizar
sus  propias  palabras:  «una  especie  de  psicología  y  genealogía  de  la
moral».  En  contra  de  las  ideas cristianas que indican  que  los  débiles
llegarán al cielo, y que la fuerza o la arrogancia son elementos negativos,
Nietzsche no acepta como virtudes positivas que debamos ser humildes o
que tengamos que apoyar a los más pequeños. Su pensamiento intenta
desenmascarar  una  trama  que  han  ido  inventando  los  débiles  como
legitimación  de  su  resentimiento  contra  los  fuertes.  Los    enfermos    y
los  incapaces  han  generado  un  pensamiento  segregador diciendo
que los que triunfan, los más fuertes, arrogantes y brillantes, son malos:
una especie de satanes.  

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FRIEDRICH NIETZSCHE
En  palabras  de  Nietzsche:  «El  prójimo  alaba  el  desinterés  porque
recoge  sus  efectos.  Si  el  prójimo  razonase  de  un  modo  desinteresado,
rehusaría  esa  ruptura  de  fuerzas,  se  opondría  al  nacimiento  de
semejantes  inclinaciones  y  afirmaría  ante  todo  su  desinterés,
designándolas  precisamente  como  malas.  He  aquí  indicada  la
contradicción  fundamental  de  esta  moral,  hoy  tan  en  boga:  ¡los
motivos de esta moral están en contradicción con su principio!».
El  pensador  asegura  que  lo  que  le  sirve  a  esta  moral  para  su
demostración es refutado por su propio criterio de moralidad. Dice: «El
principio: "Debes renunciar a ti mismo y ofrecerte en sacrificio", para
no refutar  su  propia  moral, no  debería  ser  decretado  sino  por  un  ser
que renunciase  por  sí  mismo  a sus  beneficios  y  que acarrease quizá,
por  este  sacrificio  exigido  a  los  individuos,  su  propia  caída.  Pero
desde  el momento  en que el prójimo (o bien  la sociedad) recomienza  a
causa  de  su  utilidad,  el  principio  contrario:  "Debes  buscar  el  provecho,
aun a expensas de todos los demás", es puesto en práctica y se predica a la
vez un debes y un no debes».
Por otra parte,  asegura: «En  el fondo de toda recomendación  moral
altruista  late  el  rebosantemente  utilitario  —y  egoísta,  por  tanto—  ¿qué
pasaría  si  todos  hicieran  lo  mismo?  De  tal  modo  que  quien  se  ha  dado
cuenta  de  esto,  es  decir,  de  la  intrínseca  falsedad  —o  aún  mejor
imposibilidad— del altruismo, pero por otra parte ha sido educado en  la
ecuación altruismo-moralidad, egoísmo-inmoralidad, pierde toda razón y
aun toda sensibilidad para la exigencia moral».
Nietzsche apunta a que las razones del altruismo no son altruistas:  el
altruismo es posible, pero siempre desde un egoísmo u otro. O sea, que el
razonamiento  moral  no  puede  ser  intrínsecamente  distinto  del
razonamiento estratégico.


EL ANTICRISTIANISMO
Nietzsche  corrige  la  exhortación  cristiana  en  su  anticristiano  Así
habló  Zaratustra,  diciendo:  «¡Amad  siempre  a  vuestros  prójimos  igual
que a vosotros, pero sed primero de aquellos que asimismo se aman,  

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LA AVENTURA DE PENSAR
que  aman  con  el gran  amor, que  aman  con  el  gran desprecio!».  Nunca
fue  menos  anticristiano  que  en  esta  frase,  o  quizá  nunca  más
inteligente e irrefutablemente anticristiano...
Este  pensamiento  anticristiano  que  recupera,  además,  una  visión
pagana de que lo importante es no sólo que la masa viva bien, sino
que  haya  individuos  superiores,  que  vayan  alcanzando  lo  mejor,  la
experiencia,  la  dureza  espiritual,  el  arrojo,  y  que  vayan  mirando  las
cosas  tal  como  son  sin  complacencias  ni  compasiones,  este  plantea-
miento es  situado  por Nietzsche  en  un  terreno  más espiritual que  el de
la lucha por el poder fáctico. Esta posición, por supuesto, da origen a
algunas  repercusiones  que  a  nosotros  nos  recuerdan  otras  cosas.  La
idea de arrogancia, de la fuerza, de la imposición, nos suena a lo que
fueron  luego  los  nazismos  y  los  fascismos  europeos,  sobre  todo
cuando la obra de Nietzsche cayó en manos de su hermana, quien, de
algún modo, le dio un sesgo pronazi hasta tal punto que Adolf Hitler
visitó la casa museo del filósofo y usó su figura para sus propios fines.
Por  supuesto,  sería  injusto  decir  que  Nietzsche era algo así como  un
protonazi.  Por  ejemplo,  era  profundamente  contrario  al  antisemitismo.
Discrepaba  en  muchos  puntos  fundamentales  de  lo  que  luego  fue  el
nazismo.  El  nazismo  es  una  teoría  política  basada  en  una  doctrina
racial   que   propugnaba   la   superioridad   incuestionable   de   un
determinado  grupo  étnico,  al  que  llamaba  «ario».  Nada  de  esto  tiene
lugar  en  la  filosofía  de  Nietzsche.  Tampoco  hay  en  ella  ningún
principio  de  «pureza  de  la  sangre»  ni,  en  general,  nada  que justifique
la  aniquilación  de  otros  grupos  étnicos  o  sociales  considerados
inferiores. El superhombre de Nietzsche no es el matón del barrio, y el
hombre superior del nazismo sí lo es. Pero es verdad que hay algo
peligroso   en   esa   ruptura   excesivamente   arriesgada,   en   esa
transvaloración  de  la  moral,  de  aquello  que  se  pretende  poner  por
encima  y  que  estuvo  por  debajo  durante  tantos  siglos.  También  es  un
riesgo  querer  recuperar  la  fuerza  y  la  insolidaridad  individual  frente  al
mundo de armonías, de consuelos y apoyos a los débiles, que ha sido
siempre  el  planteamiento  moral  habitual.  Es  una  apuesta  arriesgada  y
por eso tiene efectos a lo largo del tiempo también discutibles.  

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FRIEDRICH NIETZSCHE
ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA
Entre  1883  y  1885,  Nietzsche  publicó  por  entregas  Así  habló
Zaratustra.  Sus  trabajos  previos  lo  habían  llevado  a  la  denuncia  del
agotamiento  de  la  civilización  europea,  judeocristiana,  agotamiento
que  se  resumía  en  la  expresión  «Dios  ha  muerto»,  planteada  en  el  libro
tercero  de  La  gaya  ciencia.  El  descubrimiento  de  la  muerte  de  Dios,
según  Nietzsche,  nos  pone  frente  al  fenómeno  del  nihilismo.
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  Pero
ahora se  plantea que  esa  muerte  de  Dios  es  también  la  más  asombrosa
posibilidad de crear, más allá de  todo límite, en la apertura de un
horizonte  infinito.  En  Así  habló  Zaratustra  aparecen,  por  eso,  los
temas  característicos  de  la  tercera  etapa  del  pensamiento  de  Nietzsche.
Esto es: la voluntad de poder, el superhombre y el eterno retorno de lo
mismo.  Al  hablar  de  «voluntad  de  poder»,  Nietzsche  señala  que  no
debe  concebirse  como  un  trasmundo,  al  estilo  de  la  «Voluntad»  de
Schopenhauer,  con  un  cierto  estilo  metafísico.  Para  Schopenhauer,  la
Voluntad  es  el  Uno-Todo  que  subyace  debajo  de  los  fenómenos,  de  las
representaciones.  Es  la  sustancia  irracional  de  todo  cosmos  pensable.
Es, en fin, la cosa-en-sí que se realiza en nosotros y de la que somos
parte, al igual que todo ente particular. En cambio, según Nietzsche, la
voluntad  del  poder  debe  ser  pensada,  como  ya  he  indicado,  como  una
multiplicidad    de    puntuaciones    dinámicas    que    constituyen    todo.
Representa  el  enigma  de  las  pulsiones  y  expresa  una  afirmación
radical de la vida, la misma que, pese a todo, aparece en la figura del
superhombre y en la doctrina del eterno retorno.
Nietzsche  piensa  hasta  sus  últimas  conclusiones  el
descoyuntamiento sufrido por el hombre entre el Renacimiento y el siglo
xix,  y  su  pérdida  irreversible  de  sustancia  mítica.  Ante  los  hombres
marchitos  que  padecen  el  crepúsculo  de  los  grandes  principios
tradicionales del conocimiento, la política, la psicología y la ontología —
la cuádruple muerte de Dios— como la más cómoda y amodorrante de las
anemias, Nietzsche abre paso a un sujeto que obtendrá su nuevo sentido
de  lo  humano  de esas  mismas carencias, pero  vividas con  inventivas,
sin nostalgias ni remordimientos. Ese sujeto es algo más  

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LA AVENTURA DE PENSAR
hombre  y  no  simplemente  algo  más  que  hombre;  ha  ido  más  allá  de  la
humanidad  clásica,  pero  en  el  camino  de  adentramiento  en  la  in-
manencia  humana  no  hace  al  vértigo  de  nuevo  trascendente  de  otra
impersonalidad  nihilista.  Es  esta  propuesta  nietzscheana  de  autoin-
vención  valorativa  y  de  autocreación  humana  de  todos  los  órdenes  lo
que  Heidegger  no  podrá  (o  no  querrá)  ver;  la  regeneración  transfi-
gurada  del  sujeto  y  del  individuo  que  son  el  corazón  positivo  de  la
obra  de  Nietzsche  permanecerán  ocultos  para  él  o,  más  probable-
mente,  no  encajarán  en  el  esquema  de  su  propio  pensamiento,  al  cual
someterá  su  lectura  nietzscheana.  Hay  en  Nietzsche  unVoltaire  curtido
en  la  escuela  de  Schopenhauer;  una  doctrina  de  la  creación  como
destino  al  que  debe  despertar  el  hombre,  y  sobre  todo  un  esfuerzo  de
gran finura y coraje por pensar la libertad, entendida —al modo
espinosista— no como opuesta a la fatalidad orgánica e histórica de la que
brotamos, sino como su conciencia activa.
Su propia doctrina de la verdad, que de alguna manera acaba con  la
verdad con mayúscula y dice que en el mundo no hay hechos en el sentido
veritativo del término, sino interpretaciones, porque la verdad es algo que
viene desde la perspectiva que cada cual utiliza y que nuestro ángulo
de perspectiva y nuestra capacidad de sostenerlo es lo que va a convertir
en  verdad  una  capacidad  u  otra.  O  sea,  que  para  Nietzsche  no  hay
verdades absolutas, intemporales, ni hechos en sí, sino interpretaciones, o
mejor, perspectivas. Toda verdad acontece en una perspectiva determinada,
todo  hecho  es interpretado  de  un  modo  u  otro. No es posible pensar una
verdad sin asociarle una perspectiva, ni  un  hecho sin encuadrarlo  en  una
interpretación


LOS AFORISMOS
Prácticamente  toda  la  obra  de  Nietzsche  está  formada  por
pequeños  fragmentos.  Son  textos  breves,  podríamos  denominarlos
«aforismos»,  que  van  desde  una  línea  a  una  página  en  la  cual  toma  un
aspecto,  y  la  perspectiva  de  un  suceso,  de  un  momento  histórico  y  de
un  personaje.  Están  escritos  con  mucha  fuerza,  a  veces  con  una  ironía
feroz.  

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FRIEDRICH NIETZSCHE
El texto, breve, da cuatro o cinco vueltas sobre un tema, lo deja
ahí  y el  lector  se  queda  impactado  por  ese  meteorito  intelectual  que
cae sobre él.
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Probablemente  esta  forma  intelectual  tiene  también  algo  que  ver
con  las  propias  condiciones  físicas  de  Nietzsche,  quien,  como  ya  he
dicho  antes,  desde  su  juventud  pasó  gran  parte  de  su  vida  enfermo,
vagando  por  Europa  en  busca  de  un  clima  adecuado,  en  Lucerna  y
Sils-Maria,  tratando  de  encontrar  también  aire  puro  en  las  suaves
temperaturas  de  Genova  en  Italia.  Como,  además,  tenía  muy  mala  vis-
ta  y  escribir  durante  mucho  tiempo  le  causaba  dolores  de  cabeza,  los
aforismos  eran  la  medida  de  lo  que  él  podía  realizar  de  un  solo  golpe.
Uno  de  sus  textos  más  conocidos  se  titula  Dios  ha  muerto.  Allí  cuenta
que  hay  una  especie  de  ermitaño  que  va  con  un  candil  pasando  entre
los  hombres  diciendo:  «Dios  ha  muerto».  Nadie  se  da  cuenta  de  que
Dios  se  ha  muerto,  ni  le  da  importancia.  Todo  el  mundo  ríe  y  pre-
gunta:  «Ah,  pero  ¿estaba  enfermo?».  El  hombre  del  candil  anuncia
que  Dios  ha  muerto  y  tras  recibir  por  respuesta  la  indiferencia  y  las
bromas  de  aquellos  a  quien  anuncia  esa  muerte,  reflexiona  que  los
hombres  —que  son  los  que  han  matado  a  Dios—  no  se  han  dado
cuenta  y  que,  en  el  fondo,  no  quieren  darse  cuenta,  porque  esa  muerte
de Dios ha quitado todo sentido a lo que hasta ahora era importante.
¿Qué  divinidad  es  la  que  ha  muerto?  Ha  muerto  el  Dios  del
sentido  del  universo,  el  Dios  de  una  verdad  única,  el  Dios  que  sostenía
y  justificaba  la  tranquilidad  intelectual  de  los  seres  humanos,  la
ciencia,  el  conocimiento.  Aunque  el  individuo  no  fuera  religioso,  toda
su  existencia  se  basaba  en  una  especie  de  gran  idea  del  sentido  de
verdad,  de  coherencia,  que  era  lo  que  llamaba  divinidad.  Nietzsche
dice  que  eso  ha  acabado,  que  ha  muerto.  La  sociedad  estaba  a  las
puertas  del  siglo  xx  —que  él  de  alguna  manera  previo—  y  lo  que  la
sostenía  se  ha  hundido  y  ahora  cada  ser  humano  va  a  tener  que  sos-
tener  por  sí  mismo  el  sentido  del  mundo,  del  discurso.Ya  no  vamos  a
poder  aferramos  a  un  gran  sentido  cósmico,  sino  que  vamos  a  tener
que  sostenernos  por  nosotros  mismos.  De  ahí  la  importancia  de
alcanzar  esa  madurez  superior  intelectual  que  él  llamó  equívocamente
«superhombre».  

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LA AVENTURA DE PENSAR
Si  la  primera  etapa  del  pensamiento  de  Nietzsche  es  la  repre-
sentada por El origen de la tragedia en el espíritu de la música, la
segunda,  la  iniciada  con  Humano,  demasiado  humano,  y  la  tercera  la
que  se  abre  con  La  gaya ciencia,  la  cuarta etapa del  pensamiento  de
Nietzsche  vuelve  al  planteamiento  crítico.  Comprende  los  libros  Más
allá del bien  y del  mal, La genealogía de la  moral, El Anticristo, El
crepúsculo  de  los  ídolos,  El  caso  Wagner  y  su  autobiografía  Ecce
homo,  escritos  todos  entre  1886  y  1888.  En  1889,  Nietzsche  sufrió  un
colapso,  aparentemente  debido  a  una  sífilis,  y  debió  ser  internado  con
daño  cerebral  irreversible  y  parálisis  general  progresiva.  Su  madre  y
su hermana Elizabeth lo cuidaron hasta su muerte en 1900.


LA INFLUENCIA DE UNA OBRA Y UN HOMBRE

Nietzsche  fue  prácticamente  un  desconocido  en  su  época,  muchas
de  sus  obras  fueron  editadas  por  su  cuenta  y  él  mismo  tuvo  que  cos-
teárselas.  Se  suele  comentar  que  de  Así  habló  Zaratustra  hizo  unas  po-
cas  decenas  de  ejemplares.  Intentó  regalarlo  a  los  amigos  y  encontró
que  no  conocía  gente  suficiente  para  hacerlo.  Hasta  ese  punto  sus
ediciones  y  sus  ventas  eran  mínimas,  era  un  filósofo  clandestino.  Sin
embargo,  en  los  últimos  años  de  su  vida,  cuando  estaba  sumido  en  la
locura  y  retirado  del  mundo,  empezó  a  crecer  su  prestigio,  no  en  la
Academia  —que  lo  rechazó—  sino  entre  poetas,  novelistas  y  artistas.
A  comienzos  del  siglo  xx  ya  había  una  verdadera  pléyade  en  aumento
de  autores  que  se  reconocían  en  Nietzsche.  Ningún  autor  ha  sido
recuperado  con  tanta  fuerza  y  celebrado  tanto  y,  lamentablemente,  con
tan poco acierto como Nietzsche.
El  pensador  mantenía  una  posición  ante  su  propia  obra.  Decía:
«Recientemente,  cuando  intenté  reconocer  escritos  míos  antiguos  que
había   olvidado,   me  espantó  una  característica  común   a  todos:
hablaban  el  lenguaje  del  fanatismo.  Casi  en  todas  partes  donde  se  ha-
bla  de  quienes  piensan  de  otro  modo,  qué  manera  más  sanguinaria  de
injuriar  y  qué  entusiasmo  por  la  malignidad,  signos  característicos  del
fanatismo; signos odiosos, a causa de los cuales no hubiera sopor-

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FRIEDRICH NIETZSCHE
tado  leer  estos  escritos  si  su  autor  me  hubiera  sido  menos  familiar.  El
fanatismo  corrompe  el  carácter,  el  gusto,  y  no  en  último  lugar  la  salud;
quien  quiera  restablecer  las  tres  cosas  debe  resignarse  a  un  largo
período  de  curación...».  Es  evidente  que  aún  hay  muchos
convalecientes  de  la  obra  de  Nietzsche  —en  cierto  modo  todos  los
que lo hemos leído con pasión lo estamos un poco—, por razones que
él mismo nos adelantó como si quisiera prevenirnos.


«NO QUIERO CREYENTES»

Esa  teoría  perspectivista  de  la  verdad  según  la  cual  no  hay
verdades,  sino  interpretaciones  —exagerada,  creo  yo—  y  llevada  a
consecuencias  me  parece  que  inadmisibles,  es  el  legado  de  Nietzsche  a
la  posmodernidad  que  surge  de  ese  planteamiento.  En  sus  libros  se
encuentran    afirmaciones    y    sus    contrarias    en    páginas    sucesivas.
Nietzsche   decía: «No   quiero   creyentes».   Lo   dejó   claramente
establecido  en  su  Ecce  homo,  donde  expone  con  exaltación  pero
también  con  nitidez  las  pautas  según  las  cuales  sus  libros  deben  ser
leídos  y  entendidos:  «Pienso  que  soy  demasiado  maligno  para  creer  en
mí  mismo,  no  hablo  a  las  masas...».  Un  poco  antes  esboza  el  perfil  de
su  lector  ideal,  es  decir,  del  interlocutor  que  requiere  su  pensamiento:
«Cuando  me  represento  la  imagen  de  un  lector  perfecto,  siempre
resulta  un  monstruo  de  coraje  y  curiosidad  y,  además,  una  cosa  dúctil,
astuta,  cauta,  un  aventurero  y  un  descubridor  nato».  Un  lector  que
busca  la  intensidad  pero  desconfía  del  arrebato,  alguien  que  no  vacila
en  adentrarse  intelectualmente  en  terreno  vedado  pero  que  no  olvida
tampoco  tantear  la  solidez  del  camino  que  pisa,  un  explorador  de
experiencias  espirituales  alejado  del  voceador  de  consignas  o  del
menesteroso de dogmas. Ése es el lector que Nietzsche quiere.
¿Cuál  es  su  gran  aportación  al  pensamiento  ilustrado  de  la  mo-
dernidad,  tan  válido  y  esencial  hoy  como  el  mismo  día  que  fueron
escritos  sus  libros?  Sin  duda  la  afirmación  incondicional  de  la  vida,  de
la  radical  inocencia  de  la  vida,  el  rechazo  de  cuanto  desvaloriza  la
existencia en nombre de ciertos requisitos —teológicos, morales o  

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LA AVENTURA DE PENSAR
sociales— que ésta debería reunir para contar con el visto bueno de
los dubitativos y los remisos, a los que Nietzsche llama «nihilistas».
El paradigma de esta actitud es el cristianismo. Por un lado, sostiene
que si Dios no existe la vida carece de sentido, es algo vacío, una
broma de  mal gusto. Por  otro, censura las  manifestaciones  más
intensas de la vitalidad —placer físico, alegría, salud, fuerza— y
ensalza lo mortecino y exangüe  —sacrificio, sufrimientos, lágrimas,
renuncia, enfermedad, invalidez, toda mortificación de lo corporal—.
Desde  la  perspectiva  moral,  lo  característico  del  cristianismo  es
descubrir  en  quien  no  se  reconoce  como  víctima  su  condición
inexorable de verdugo. De nada podemos enorgullecemos salvo de las
humillaciones sufridas. «La ceguera respecto al cristianismo —señala
Nietzsche al final de su Ecce homo— es el crimen par excellence, el
crimen contra la vida... lo que me separa, lo que me pone aparte del
resto de la humanidad es el haber descubierto la moral cristiana.»
Todo hace de él un pensador sumamente estimulante y también,
por qué no decirlo, peligroso. Su forma tumultuosa de pensar, la
relación polémica con el nazismo, las interpretaciones múltiples de su
obra, los esfuerzos que se han hecho por convertirlo en un pensador
conveniente, políticamente correcto, y el desbordamiento que suponen
sus textos respecto a cualquier forma de sentido común filosófico nos
ponen sobre un abismo que no podemos ignorar.

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