domingo, 12 de agosto de 2012
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Friedrich Nietzsche y la filosofía del martillo
En nuestros días, la mayoría de los filósofos se dedican
profesionalmente a la docencia. Sin embargo, a lo largo de la historia
ha habido muchos pensadores que no fueron profesores de filosofía.
Se trata en algunos casos de intelectuales que no han sido académicos,
y que carecen de una obra docente. Uno de los nombres destacados
que la Academia ha tardado en reconocer como importante es el de
Friedrich Nietzsche, quien se dedicó, en primer lugar, a la filología,
disciplina en la que destacó, siendo discípulo y amigo de algunos de
los filólogos más importantes de su época, tales como Friedrich Wil-
helm Ritschl
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y Erwin Rohde.
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A lo largo de su vida, escribió una obra
extremadamente personal, que comenzó con una novedosa y polémica
interpretación del mundo antiguo y de la cultura griega clásica y que
lo condujo a la crítica radical del cristianismo y del humanismo
positivista de su época.
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Nietzsche fue, inicialmente, seguidor de la obra de Arthur Scho-
penhauer, de quien toma la imagen del cosmos como voluntad que
lucha por desear, por extenderse, que arrolla todo a su paso y que no
surge de una razón organizadora, sino más bien del impulso ciego.
Pero, a diferencia de Schopenhauer, que ve esto como una especie de
dolor, Nietzsche considera que sí hay sufrimiento pero también hay
alegría, una profunda exaltación. Schopenhauer ve el juego de la vo-
luntad desde el individuo y constata que la voluntad se vale de él para
sus propios fines y luego lo aplasta sin miramientos. El resultado es un
irrenunciable pesimismo: la vida es dolor porque es deseo; y el deseo
tiene como únicos destinos la insatisfacción o el hastío.
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LA AVENTURA DE PENSAR
Nietzsche, en cambio, considera que el yo es una ilusión y
entonces adopta un punto de vista descentrado para contemplar el
juego que eternamente fluye de las fuerzas que componen la voluntad de
poder. Este juego se le aparece, pues, como gozoso. Para
Schopenhauer la voluntad es una —es la cosa en sí que el universo es—
, mientras que para Nietzsche no hay más que infinitas y fugaces
puntuaciones de voluntad, cuyas tensiones y choques son las que
constituyen toda entidad perceptible o pensable.
Nietzsche cumplió y superó la profecía de Schopenhauer. Vio ese
mundo que regresa, ese girar de los eones,
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de los deseos, de los
impulsos humanos. Pensaba que de todo eso podemos ir obteniendo una
superación y una exaltación. Para él, la visión cósmica de la danza del
devenir es motivo de celebración.
CRIADO ENTRE MUJERES Y SIN SALUD
Nietzsche nació en Rócken, Sajonia, en 1844. Huérfano de padre
desde los cinco años, se crió con su abuela, su madre, su hermana y
dos tías. Estudió en el Gymnasium de Naumberg y, luego, en el fa-
moso internado de Pforta.
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De aquellos años juveniles datan las pri-
meras evidencias de su precaria salud. Según los registros del inter-
nado, Friedrich iba frecuentemente a la enfermería por diversas
causas: dolores de cabeza, malestares estomacales, vómitos y diarreas,
mostrando una fragilidad que sería una característica de toda su vida.
Más tarde profundizó sus estudios de filología en la Universidad de
Berlín y en la de Leipzig. En 1869 fue nombrado profesor de filología
clásica en la Universidad de Basilea. Al estallar la guerra franco-
prusiana
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se incorporó como enfermero al ejército alemán, aunque sus
habituales problemas físicos le impusieron el regreso a tareas aca-
démicas. En Basilea, conoció al compositor Richard Wagner,
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quien
ejerció una enorme influencia sobre él. Nietzsche entendía que
Wagner representaba la renovación de la cultura alemana. No es ex-
traño, pues, que la primera obra del filósofo, El origen de la tragedia
en el espíritu de la música, tuviera la intención de justificar las
concepcio-
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FRIEDRICH NIETZSCHE
nes dramáticas wagnerianas. Sin embargo, la posición de Nietzsche
respecto de Wagner fue cambiando. A medida que su pensamiento y
su vida fueron desplegándose, Nietzsche adoptó claras tomas de po-
sición frente a su cuñado Bernhardt Fórster, antisemita y negrero,
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contra Wagner, y ante el nacionalismo y militarismo prusiano. En ese
sentido, fue un decidido europeísta y cosmopolita. Tuvo una actitud
agresiva y definida, además, contra la burocracia universitaria. Incluso
cuando debemos calibrar el alcance de sus afirmaciones teóricas
principales, son bastante clarificadoras, cuando analizamos su oposi-
ción respecto de la pena de muerte, los procedimientos carcelarios
demasiado rigurosos de su época y su permanente desdén por la falta
de veracidad e hipocresía. El origen de la tragedia en el espíritu de la
música es el libro con el que finaliza su carrera como filólogo clásico
y con él se verifica la primera etapa del desarrollo de la filosofía
nietzscheana.
UN INCOMPRENDIDO
Los colegas de Nietzsche no supieron comprender que el análisis
que presentaba no era en modo alguno filológico, sino puramente
filosófico. En El origen de la tragedia en el espíritu de la música,
Nietzsche presenta la tensión entre un principio apolíneo, que rige las
formas, las apariencias, la claridad, y un principio dionisíaco, que ex-
presa el verdadero fondo de la realidad, la exaltación de las pasiones,
la embriaguez, la vida misma. Así, en la tragedia, el artista proporcio-
na un consuelo, mediante bellas formas, frente a lo puramente dio-
nisíaco, amenazante y disolvente. Pero la tragedia entra en crisis en el
siglo v a.C. según Nietzsche, en virtud del optimismo racionalista,
representado por Sócrates y Eurípides.
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Entre 1873 y 1876, Nietzsche
publicó cuatro artículos reunidos bajo el título de Consideraciones
intempestivas, donde hace una crítica radical de la cultura, calificando
a ésta de estéril y contraria a la vida.
En 1878 apareció Humano, demasiado humano, que abre la
segunda etapa del pensamiento nietzscheano, en la que él se aparta de
sus
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LA AVENTURA DE PENSAR
influencias iniciales y adopta una postura de rechazo de muchas de sus
anteriores opiniones, como, por ejemplo, las que había expresado
sobre Schopenhauer —reflejadas en la separación de lo dionisíaco y lo
apolíneo— y Wagner. En esa época abandonó la docencia univer-
sitaria y conoció a Lou Andreas von Salomé,
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que fue el gran amor
de su vida. Junto con un amigo común, el poeta Paul Rée,
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decidieron
vivir juntos en una especie de comunidad que resultó bastante
escandalosa para la época. La convivencia duró pocos meses y la
experiencia fracasó.
En 1881, Nietzsche publicó Aurora y un año más tarde La gaya
ciencia, obra que anunció la que sería la tercera etapa de la filosofía
nietzscheana, ya no simplemente crítica sino fuertemente afirmativa.
De esta manera no sólo puso el acento en destruir errores —Nietzsche
llama a ese momento «filosofía del martillo»—, sino en señalar una
filosofía que tenía como objetivo, en cambio, proponer nuevas
verdades. Nietzsche parece haber comprendido que la mera crítica no
afirma nada y que para afirmar es necesario asumir un momento
constructivo.
LA TRAMPA DE LOS DÉBILES
Uno de los aspectos más polémicos y por supuesto más sugestivos de
la obra de Nietzsche es el referido al tema de la moral, o, para utilizar
sus propias palabras: «una especie de psicología y genealogía de la
moral». En contra de las ideas cristianas que indican que los débiles
llegarán al cielo, y que la fuerza o la arrogancia son elementos negativos,
Nietzsche no acepta como virtudes positivas que debamos ser humildes o
que tengamos que apoyar a los más pequeños. Su pensamiento intenta
desenmascarar una trama que han ido inventando los débiles como
legitimación de su resentimiento contra los fuertes. Los enfermos y
los incapaces han generado un pensamiento segregador diciendo
que los que triunfan, los más fuertes, arrogantes y brillantes, son malos:
una especie de satanes.
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FRIEDRICH NIETZSCHE
En palabras de Nietzsche: «El prójimo alaba el desinterés porque
recoge sus efectos. Si el prójimo razonase de un modo desinteresado,
rehusaría esa ruptura de fuerzas, se opondría al nacimiento de
semejantes inclinaciones y afirmaría ante todo su desinterés,
designándolas precisamente como malas. He aquí indicada la
contradicción fundamental de esta moral, hoy tan en boga: ¡los
motivos de esta moral están en contradicción con su principio!».
El pensador asegura que lo que le sirve a esta moral para su
demostración es refutado por su propio criterio de moralidad. Dice: «El
principio: "Debes renunciar a ti mismo y ofrecerte en sacrificio", para
no refutar su propia moral, no debería ser decretado sino por un ser
que renunciase por sí mismo a sus beneficios y que acarrease quizá,
por este sacrificio exigido a los individuos, su propia caída. Pero
desde el momento en que el prójimo (o bien la sociedad) recomienza a
causa de su utilidad, el principio contrario: "Debes buscar el provecho,
aun a expensas de todos los demás", es puesto en práctica y se predica a la
vez un debes y un no debes».
Por otra parte, asegura: «En el fondo de toda recomendación moral
altruista late el rebosantemente utilitario —y egoísta, por tanto— ¿qué
pasaría si todos hicieran lo mismo? De tal modo que quien se ha dado
cuenta de esto, es decir, de la intrínseca falsedad —o aún mejor
imposibilidad— del altruismo, pero por otra parte ha sido educado en la
ecuación altruismo-moralidad, egoísmo-inmoralidad, pierde toda razón y
aun toda sensibilidad para la exigencia moral».
Nietzsche apunta a que las razones del altruismo no son altruistas: el
altruismo es posible, pero siempre desde un egoísmo u otro. O sea, que el
razonamiento moral no puede ser intrínsecamente distinto del
razonamiento estratégico.
EL ANTICRISTIANISMO
Nietzsche corrige la exhortación cristiana en su anticristiano Así
habló Zaratustra, diciendo: «¡Amad siempre a vuestros prójimos igual
que a vosotros, pero sed primero de aquellos que asimismo se aman,
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LA AVENTURA DE PENSAR
que aman con el gran amor, que aman con el gran desprecio!». Nunca
fue menos anticristiano que en esta frase, o quizá nunca más
inteligente e irrefutablemente anticristiano...
Este pensamiento anticristiano que recupera, además, una visión
pagana de que lo importante es no sólo que la masa viva bien, sino
que haya individuos superiores, que vayan alcanzando lo mejor, la
experiencia, la dureza espiritual, el arrojo, y que vayan mirando las
cosas tal como son sin complacencias ni compasiones, este plantea-
miento es situado por Nietzsche en un terreno más espiritual que el de
la lucha por el poder fáctico. Esta posición, por supuesto, da origen a
algunas repercusiones que a nosotros nos recuerdan otras cosas. La
idea de arrogancia, de la fuerza, de la imposición, nos suena a lo que
fueron luego los nazismos y los fascismos europeos, sobre todo
cuando la obra de Nietzsche cayó en manos de su hermana, quien, de
algún modo, le dio un sesgo pronazi hasta tal punto que Adolf Hitler
visitó la casa museo del filósofo y usó su figura para sus propios fines.
Por supuesto, sería injusto decir que Nietzsche era algo así como un
protonazi. Por ejemplo, era profundamente contrario al antisemitismo.
Discrepaba en muchos puntos fundamentales de lo que luego fue el
nazismo. El nazismo es una teoría política basada en una doctrina
racial que propugnaba la superioridad incuestionable de un
determinado grupo étnico, al que llamaba «ario». Nada de esto tiene
lugar en la filosofía de Nietzsche. Tampoco hay en ella ningún
principio de «pureza de la sangre» ni, en general, nada que justifique
la aniquilación de otros grupos étnicos o sociales considerados
inferiores. El superhombre de Nietzsche no es el matón del barrio, y el
hombre superior del nazismo sí lo es. Pero es verdad que hay algo
peligroso en esa ruptura excesivamente arriesgada, en esa
transvaloración de la moral, de aquello que se pretende poner por
encima y que estuvo por debajo durante tantos siglos. También es un
riesgo querer recuperar la fuerza y la insolidaridad individual frente al
mundo de armonías, de consuelos y apoyos a los débiles, que ha sido
siempre el planteamiento moral habitual. Es una apuesta arriesgada y
por eso tiene efectos a lo largo del tiempo también discutibles.
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FRIEDRICH NIETZSCHE
ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA
Entre 1883 y 1885, Nietzsche publicó por entregas Así habló
Zaratustra. Sus trabajos previos lo habían llevado a la denuncia del
agotamiento de la civilización europea, judeocristiana, agotamiento
que se resumía en la expresión «Dios ha muerto», planteada en el libro
tercero de La gaya ciencia. El descubrimiento de la muerte de Dios,
según Nietzsche, nos pone frente al fenómeno del nihilismo.
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Pero
ahora se plantea que esa muerte de Dios es también la más asombrosa
posibilidad de crear, más allá de todo límite, en la apertura de un
horizonte infinito. En Así habló Zaratustra aparecen, por eso, los
temas característicos de la tercera etapa del pensamiento de Nietzsche.
Esto es: la voluntad de poder, el superhombre y el eterno retorno de lo
mismo. Al hablar de «voluntad de poder», Nietzsche señala que no
debe concebirse como un trasmundo, al estilo de la «Voluntad» de
Schopenhauer, con un cierto estilo metafísico. Para Schopenhauer, la
Voluntad es el Uno-Todo que subyace debajo de los fenómenos, de las
representaciones. Es la sustancia irracional de todo cosmos pensable.
Es, en fin, la cosa-en-sí que se realiza en nosotros y de la que somos
parte, al igual que todo ente particular. En cambio, según Nietzsche, la
voluntad del poder debe ser pensada, como ya he indicado, como una
multiplicidad de puntuaciones dinámicas que constituyen todo.
Representa el enigma de las pulsiones y expresa una afirmación
radical de la vida, la misma que, pese a todo, aparece en la figura del
superhombre y en la doctrina del eterno retorno.
Nietzsche piensa hasta sus últimas conclusiones el
descoyuntamiento sufrido por el hombre entre el Renacimiento y el siglo
xix, y su pérdida irreversible de sustancia mítica. Ante los hombres
marchitos que padecen el crepúsculo de los grandes principios
tradicionales del conocimiento, la política, la psicología y la ontología —
la cuádruple muerte de Dios— como la más cómoda y amodorrante de las
anemias, Nietzsche abre paso a un sujeto que obtendrá su nuevo sentido
de lo humano de esas mismas carencias, pero vividas con inventivas,
sin nostalgias ni remordimientos. Ese sujeto es algo más
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LA AVENTURA DE PENSAR
hombre y no simplemente algo más que hombre; ha ido más allá de la
humanidad clásica, pero en el camino de adentramiento en la in-
manencia humana no hace al vértigo de nuevo trascendente de otra
impersonalidad nihilista. Es esta propuesta nietzscheana de autoin-
vención valorativa y de autocreación humana de todos los órdenes lo
que Heidegger no podrá (o no querrá) ver; la regeneración transfi-
gurada del sujeto y del individuo que son el corazón positivo de la
obra de Nietzsche permanecerán ocultos para él o, más probable-
mente, no encajarán en el esquema de su propio pensamiento, al cual
someterá su lectura nietzscheana. Hay en Nietzsche unVoltaire curtido
en la escuela de Schopenhauer; una doctrina de la creación como
destino al que debe despertar el hombre, y sobre todo un esfuerzo de
gran finura y coraje por pensar la libertad, entendida —al modo
espinosista— no como opuesta a la fatalidad orgánica e histórica de la que
brotamos, sino como su conciencia activa.
Su propia doctrina de la verdad, que de alguna manera acaba con la
verdad con mayúscula y dice que en el mundo no hay hechos en el sentido
veritativo del término, sino interpretaciones, porque la verdad es algo que
viene desde la perspectiva que cada cual utiliza y que nuestro ángulo
de perspectiva y nuestra capacidad de sostenerlo es lo que va a convertir
en verdad una capacidad u otra. O sea, que para Nietzsche no hay
verdades absolutas, intemporales, ni hechos en sí, sino interpretaciones, o
mejor, perspectivas. Toda verdad acontece en una perspectiva determinada,
todo hecho es interpretado de un modo u otro. No es posible pensar una
verdad sin asociarle una perspectiva, ni un hecho sin encuadrarlo en una
interpretación
LOS AFORISMOS
Prácticamente toda la obra de Nietzsche está formada por
pequeños fragmentos. Son textos breves, podríamos denominarlos
«aforismos», que van desde una línea a una página en la cual toma un
aspecto, y la perspectiva de un suceso, de un momento histórico y de
un personaje. Están escritos con mucha fuerza, a veces con una ironía
feroz.
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FRIEDRICH NIETZSCHE
El texto, breve, da cuatro o cinco vueltas sobre un tema, lo deja
ahí y el lector se queda impactado por ese meteorito intelectual que
cae sobre él.
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Probablemente esta forma intelectual tiene también algo que ver
con las propias condiciones físicas de Nietzsche, quien, como ya he
dicho antes, desde su juventud pasó gran parte de su vida enfermo,
vagando por Europa en busca de un clima adecuado, en Lucerna y
Sils-Maria, tratando de encontrar también aire puro en las suaves
temperaturas de Genova en Italia. Como, además, tenía muy mala vis-
ta y escribir durante mucho tiempo le causaba dolores de cabeza, los
aforismos eran la medida de lo que él podía realizar de un solo golpe.
Uno de sus textos más conocidos se titula Dios ha muerto. Allí cuenta
que hay una especie de ermitaño que va con un candil pasando entre
los hombres diciendo: «Dios ha muerto». Nadie se da cuenta de que
Dios se ha muerto, ni le da importancia. Todo el mundo ríe y pre-
gunta: «Ah, pero ¿estaba enfermo?». El hombre del candil anuncia
que Dios ha muerto y tras recibir por respuesta la indiferencia y las
bromas de aquellos a quien anuncia esa muerte, reflexiona que los
hombres —que son los que han matado a Dios— no se han dado
cuenta y que, en el fondo, no quieren darse cuenta, porque esa muerte
de Dios ha quitado todo sentido a lo que hasta ahora era importante.
¿Qué divinidad es la que ha muerto? Ha muerto el Dios del
sentido del universo, el Dios de una verdad única, el Dios que sostenía
y justificaba la tranquilidad intelectual de los seres humanos, la
ciencia, el conocimiento. Aunque el individuo no fuera religioso, toda
su existencia se basaba en una especie de gran idea del sentido de
verdad, de coherencia, que era lo que llamaba divinidad. Nietzsche
dice que eso ha acabado, que ha muerto. La sociedad estaba a las
puertas del siglo xx —que él de alguna manera previo— y lo que la
sostenía se ha hundido y ahora cada ser humano va a tener que sos-
tener por sí mismo el sentido del mundo, del discurso.Ya no vamos a
poder aferramos a un gran sentido cósmico, sino que vamos a tener
que sostenernos por nosotros mismos. De ahí la importancia de
alcanzar esa madurez superior intelectual que él llamó equívocamente
«superhombre».
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LA AVENTURA DE PENSAR
Si la primera etapa del pensamiento de Nietzsche es la repre-
sentada por El origen de la tragedia en el espíritu de la música, la
segunda, la iniciada con Humano, demasiado humano, y la tercera la
que se abre con La gaya ciencia, la cuarta etapa del pensamiento de
Nietzsche vuelve al planteamiento crítico. Comprende los libros Más
allá del bien y del mal, La genealogía de la moral, El Anticristo, El
crepúsculo de los ídolos, El caso Wagner y su autobiografía Ecce
homo, escritos todos entre 1886 y 1888. En 1889, Nietzsche sufrió un
colapso, aparentemente debido a una sífilis, y debió ser internado con
daño cerebral irreversible y parálisis general progresiva. Su madre y
su hermana Elizabeth lo cuidaron hasta su muerte en 1900.
LA INFLUENCIA DE UNA OBRA Y UN HOMBRE
Nietzsche fue prácticamente un desconocido en su época, muchas
de sus obras fueron editadas por su cuenta y él mismo tuvo que cos-
teárselas. Se suele comentar que de Así habló Zaratustra hizo unas po-
cas decenas de ejemplares. Intentó regalarlo a los amigos y encontró
que no conocía gente suficiente para hacerlo. Hasta ese punto sus
ediciones y sus ventas eran mínimas, era un filósofo clandestino. Sin
embargo, en los últimos años de su vida, cuando estaba sumido en la
locura y retirado del mundo, empezó a crecer su prestigio, no en la
Academia —que lo rechazó— sino entre poetas, novelistas y artistas.
A comienzos del siglo xx ya había una verdadera pléyade en aumento
de autores que se reconocían en Nietzsche. Ningún autor ha sido
recuperado con tanta fuerza y celebrado tanto y, lamentablemente, con
tan poco acierto como Nietzsche.
El pensador mantenía una posición ante su propia obra. Decía:
«Recientemente, cuando intenté reconocer escritos míos antiguos que
había olvidado, me espantó una característica común a todos:
hablaban el lenguaje del fanatismo. Casi en todas partes donde se ha-
bla de quienes piensan de otro modo, qué manera más sanguinaria de
injuriar y qué entusiasmo por la malignidad, signos característicos del
fanatismo; signos odiosos, a causa de los cuales no hubiera sopor-
195
FRIEDRICH NIETZSCHE
tado leer estos escritos si su autor me hubiera sido menos familiar. El
fanatismo corrompe el carácter, el gusto, y no en último lugar la salud;
quien quiera restablecer las tres cosas debe resignarse a un largo
período de curación...». Es evidente que aún hay muchos
convalecientes de la obra de Nietzsche —en cierto modo todos los
que lo hemos leído con pasión lo estamos un poco—, por razones que
él mismo nos adelantó como si quisiera prevenirnos.
«NO QUIERO CREYENTES»
Esa teoría perspectivista de la verdad según la cual no hay
verdades, sino interpretaciones —exagerada, creo yo— y llevada a
consecuencias me parece que inadmisibles, es el legado de Nietzsche a
la posmodernidad que surge de ese planteamiento. En sus libros se
encuentran afirmaciones y sus contrarias en páginas sucesivas.
Nietzsche decía: «No quiero creyentes». Lo dejó claramente
establecido en su Ecce homo, donde expone con exaltación pero
también con nitidez las pautas según las cuales sus libros deben ser
leídos y entendidos: «Pienso que soy demasiado maligno para creer en
mí mismo, no hablo a las masas...». Un poco antes esboza el perfil de
su lector ideal, es decir, del interlocutor que requiere su pensamiento:
«Cuando me represento la imagen de un lector perfecto, siempre
resulta un monstruo de coraje y curiosidad y, además, una cosa dúctil,
astuta, cauta, un aventurero y un descubridor nato». Un lector que
busca la intensidad pero desconfía del arrebato, alguien que no vacila
en adentrarse intelectualmente en terreno vedado pero que no olvida
tampoco tantear la solidez del camino que pisa, un explorador de
experiencias espirituales alejado del voceador de consignas o del
menesteroso de dogmas. Ése es el lector que Nietzsche quiere.
¿Cuál es su gran aportación al pensamiento ilustrado de la mo-
dernidad, tan válido y esencial hoy como el mismo día que fueron
escritos sus libros? Sin duda la afirmación incondicional de la vida, de
la radical inocencia de la vida, el rechazo de cuanto desvaloriza la
existencia en nombre de ciertos requisitos —teológicos, morales o
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LA AVENTURA DE PENSAR
sociales— que ésta debería reunir para contar con el visto bueno de
los dubitativos y los remisos, a los que Nietzsche llama «nihilistas».
El paradigma de esta actitud es el cristianismo. Por un lado, sostiene
que si Dios no existe la vida carece de sentido, es algo vacío, una
broma de mal gusto. Por otro, censura las manifestaciones más
intensas de la vitalidad —placer físico, alegría, salud, fuerza— y
ensalza lo mortecino y exangüe —sacrificio, sufrimientos, lágrimas,
renuncia, enfermedad, invalidez, toda mortificación de lo corporal—.
Desde la perspectiva moral, lo característico del cristianismo es
descubrir en quien no se reconoce como víctima su condición
inexorable de verdugo. De nada podemos enorgullecemos salvo de las
humillaciones sufridas. «La ceguera respecto al cristianismo —señala
Nietzsche al final de su Ecce homo— es el crimen par excellence, el
crimen contra la vida... lo que me separa, lo que me pone aparte del
resto de la humanidad es el haber descubierto la moral cristiana.»
Todo hace de él un pensador sumamente estimulante y también,
por qué no decirlo, peligroso. Su forma tumultuosa de pensar, la
relación polémica con el nazismo, las interpretaciones múltiples de su
obra, los esfuerzos que se han hecho por convertirlo en un pensador
conveniente, políticamente correcto, y el desbordamiento que suponen
sus textos respecto a cualquier forma de sentido común filosófico nos
ponen sobre un abismo que no podemos ignorar.
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